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Después de aquella noche, todo cambió para Gojō; ahora había alguien por quien vivir.
Las flores de cerezo están a punto de florecer, embelleciendo todo a su alrededor.
Intentó mantener su vida en un estado de normalidad, permaneciendo junto a Suguru y comportándose con regularidad en el instituto. Sin embargo, su cuerpo y mente parecían estar desconectados. Los pensamientos lo abrumaban al evocar la imagen de aquel niño, y su corazón palpita al solo recordar aquella expresión tan enojada pero a la vez dulce. Se impuso una barrera para no regresar a esa casa, evitando a toda costa escuchar a su amigo invitarlo, respondiendo que estaba ocupado con otros asuntos.
──¿Estás bien? He notado que suspiras con frecuencia── preguntó, reclinándose sobre su pupitre.
──No me pasa nada──esbozando una sonrisa, contento de que le preocupara.──¿Qué te parece si luego vamos a jugar a los bolos?
──No puedo, debo recoger a Megumi.
──¿Y tus padres?──expresó con molestia, incomodado por el hecho de que, siendo aún un adolescente, le dejaron a su cargo la responsabilidad de cuidar al niño.
──Trabajó, bla, bla. Las mismas excusas──respondió, esforzándose por mantener la compostura. Sus padres no eran precisamente unos modelos a seguir, ya que siempre estaban ausentes del hogar.
──Por eso no todos deberían ser padres──se dijo a sí mismo. ──¿Puedo acompañarte por Megumi-chan?.
Evitarlo no hará que su corazón se serene; por el contrario, la falta de contacto se convierte en una agonía. Esa simple voz infantil le eriza la piel por completo.
──Pero yo iré en bus, ¿estás seguro?──se acomodó en su pupitre.
──No, vamos en mi auto──sacó la lengua. Le molestaba tener que compartir su espacio con alguien desconocido.
──¿Y la humildad?──rió, dándole un golpe a su pupitre.
──¿Acaso alguien ha vivido más por ser bueno?──se encogió de hombros, mostrándose arrogante.
──Supongo que tienes razón, pero baja un poco tus expectativas, reina de belleza.
──No todos tienen la suerte de vivir como yo. Lo mínimo que puedo hacer es gastar dinero.
──Satoru, siempre eres tan divertido.
Lo abrazó, haciéndolo caer en su silla, como si fuera un conejito negro. Hasta que se escuchó el regaño del profesor.
──Ustedes dos, los novios del salón, ¿podrían prestar atención a mi clase?──bromeó el profesor, dándoles un golpecito en la cabeza a cada uno con una regla de madera.
──Me duele la cabeza──tocó su cabeza y dándose un masaje, mientras lanzaba una mirada fulminante al mayor. ──¿Qué dice, profesor? Satoru y yo somos amigos. Nunca sería algo más entre nosotros. A menos que se trate de una mujer──soltó, ofendido por la broma, ya que para él no tiene nada de gracioso. El simple hecho de ver a dos hombres juntos le provoca un profundo desagrado, y mucho más si se sugiere que podría ser parte de eso.