Capítulo 41, Revelaciones

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Adam

Los labios rosas de Chloe se habían separado ligeramente, respondiendo a mi toque en su espalda baja. Me quedé observándolos fijamente durante varios minutos, contemplando mis opciones.

Tenía que auto-controlarme, pero esta chica...

Me dejaba sin palabras todos los días. Era increíble; pero yo también sabía qué botones había que apretar para obtener una reacción de ella.

Mis palabras sonaron seguras y firmes, cargadas de esa certeza que solo se tiene cuando se sabe lo que se quiere.

"Listilla, esta noche eres mía."

Su reacción en lugar de aumentar la atracción que siempre existía entre nosotros, la rompió. Fingió que no había oído lo que le había susurrado, y esa noche fue la primera vez que me pregunté si realmente nuestra relación saldría bien.

— Voy al baño.— se excusó ella, su cuerpo visiblemente tenso.

Debería haberme callado, sabía que mi comentario le había molestado o despertado sensaciones nada agradables.

Quise seguirla, disculparme, explicarle que mis sentimientos no se resumían en el sexo, sin embargo, me quedé plantado en el sitio, mirando con calma cómo se alejaba de mí.

¿Por qué mi orgullo tenía que ponerse en el medio cada vez que avanzábamos un poco?

Suspiré, debatiéndome miles de cosas al mismo tiempo y dudando sobre cada una de las decisiones que había tomado hasta ahora. Al menos llegué a una conclusión.

Tanto ella como yo habíamos sufrido mucho, quizás no deberíamos estar juntos y centrarnos en nuestras prioridades.

No podía permitir que mis emociones se interpusieran en mi sueño de convertirme en jugador profesional. Había obtenido la beca, no estaba dispuesto a no aprovechar la oportunidad.

En mi lista de prioridades, Chloe se ubicaba detrás del baloncesto, le doliera a quien le doliera.


❤️‍🔥❤️‍🔥❤️‍🔥


Chloe

Analicé mi reflejo en el espejo redondo del aseo, tocándome con los dedos la cicatriz en la base de mi garganta, esa que me recordaría hasta el día de mi muerte lo que me hizo Jaden.

Mía.

La sangre me ardía en las venas, llena de furia. Yo no era de nadie, y que hubiera pronunciado esa mierda solo provocaba que pensara en la persona que me secuestró, torturó y traumatizó.

Abrí el grifo y me lavé las manos. Me froté la piel hasta que esta quedó enrojecida. Necesitaba salir de este instituto en cuanto antes y quitarme el rastro invisible del caos.

Di unos cuantos pasos, pero en mitad del pasillo choqué con un hombro musculoso.

En cuanto alcé la cabeza para mantener contacto visual, reconocí al rubio que sonreía como si hubiera descubierto América.

— Eres el chico de la fiesta de Eric, ¿no? — Le escaneé de arriba a abajo, tratando de no perder los estribos. Su porte atlético estaba envuelto en un traje azul marino que le quedaba demasiado bien.

— Sí, hacía tiempo desde que no nos veíamos.— mencionó, con un brillo jocoso en sus ojos azules.

¿Se estaba riendo de mí? ¿Qué demonios se creía que era?

— ¿Buscabas algo?— cuestioné, colocando ambas manos en mis caderas.

— No, pero he encontrado oro.— replicó, y antes de que pudiera huir de ahí, me cogió del brazo, y arrastró hacia una clase vacía. 

Dulce odio #1Donde viven las historias. Descúbrelo ahora