En los Dominios del Norte, Reino de Minterfeheld
El último día que tenían los aspirantes para inscribirse en el campeonato había llegado. Muchos de ellos recién desembarcaban de sus navíos, ya que año tras año realizaban aquellos largos viajes para visitar el Reino de Minterfeheld que era cede del festejo.
Entre esos hombres (que aparecían sorpresivamente a última hora para formarse en la fila de inscripciones), estaba Ghost Iwasbúckler; un gitano de sangre, pirata por herencia, y mercenario de corazón. Sus padres habían sido una gitana y un pirata, mientras que Ghost, desde pequeño había poseído en sus manos el talento necesario para hacer de la creación de venenos un arte rentable y demandado por muchos ciudadanos de los nueve reinos del continente Espeltrahm. Aunque, si alguno de sus clientes le pedía ponerse creativo, Ghost era capaz de hacerlo. Basándose en las exigencias de cada cliente, el objetivo a eliminar, y la forma que se utilizase por defecto (bien fuera mediante veneno, espada, u otra forma menos convencional), su precio variaba.
— ¿Quién eres?
Una figura robusta oculta bajo una capucha de tono mostaza desgastado se aproximó a Ghost, luego de que este se alejara de la mesa de inscripción a las afueras del Ovlión. Con lo cual, consiguió que el joven se detuviera. Porque, a pesar de que su reputación lo precedía, Ghost Iwasbúckler no sobrepasaba los treinta y cinco años. Aunque pocos lo sabían. Su extensa cabellera castaña, su barba tupida, y su determinación, así como esa mente calculadora que lo representaba, solían hacerlo ver como un viejo mañoso al que era difícil timar.
— Un emisario, señor Iwasbúckler –contestó el hombre de la capucha.
— ¿Y? ¿Qué quiere tu amo?
— Sus servicios, señor.
— Lo siento. He venido a Minterfeheld por placer; no por negocios.
Ghost reanudó su caminata yendo en busca de alejarse del tipo. Empero este acabó siguiéndolo. Por lo cual, en cierto callejón el joven mercenario lo encaró con fastidio.
— ¡Lárgate! No estoy interesado.
— Mi amo tiene oro, señor; mucho oro.
Al oír aquello, el hecho de hacer una posible excepción retumbó como buena idea en la mente del mercenario. Sin embargo, lo primero que cruzó por su mente fue la curiosidad de saber quién sería ese objetivo que valdría oro. Nadie le pagaba en oro por asesinar a alguien. Acostumbraban a compensarlo con grandes alforjas de monedas, pero no con oro.
Aquello era extraño.
— ¿Quién es tu amo? –quiso saber.
— Él prefiere mantener su anonimato. Por eso me ha enviado de vocero, señor.
— ¿Quién será mi objetivo y cómo debo acabar con él?
— Entonces, ¿acepta, señor?
— Habría que ser un tonto para negarse al oro.
El emisario sonrió al oírlo. Ghost se sentía dicho. Pues, sin buscar fortuna, se había encontrado con una pequeña oportunidad para conseguir la mejor paga de todo el año.
***
Al medio día ya estaban inscritos todos los participantes que competirían en los Juegos del Sol. Krei desconocía la cantidad de hombres que lucharían por el premio, pero se aventuraba a pensar que serían muchos.
Él durante la mañana había permanecido en sus aposentos. Quería estar descansado puesto que sería el primero en abrir el campeonato junto a Alunier, y aunque intentara ocultarlo, la presión de la victoria más los comentarios de Haia hacían mella en la autoestima del príncipe. ¿Podría ganar a tantos hombres? ¿Sería lo suficientemente bueno como para ganarle uno a uno a los vencedores de los duelos? Porque esa era la parte más difícil del evento y él lo sabía bien.
ESTÁS LEYENDO
Imperio Thelinthon
AcakEn un reino al borde del colapso, las sombras de una guerra inminente se ciernen sobre el norte. Para preservar la frágil paz, el reino de Minterfeheld se ve forzado a entregar a su princesa como un sacrificio. Mientras tanto, el príncipe heredero...
