Capítulo 10

174 38 0
                                        

"La dulce espera"

Alex.

Junio 6

Si hace unos años me hubieran preguntado quién era la persona que más quería en el mundo, probablemente habría respondido que a nadie. Ni siquiera me quería a mí mismo. Cada día me preguntaba qué había hecho para merecer tanto desprecio, qué deuda estaba pagando para ser tratado como una sombra, un error.

Nadie. Absolutamente nadie se preocupaba por mí. No hubo cumpleaños, ni navidades, ni momentos que pudiera llamar míos. Siempre fui el cero a la izquierda, el que estaba pero no existía. Mientras veía a mis padres volcar su amor y atención en alguien que no era su hijo, yo solo recibía silencio y miradas de desdén.

Me acostumbré a ser ignorado, a ser el borrón en su vida perfecta. Creí que mi destino sería siempre ese: vivir bajo la sombra de Jonathan. Soñaba con el día en que él se convirtiera en líder, no porque quisiera verlo triunfar, sino porque pensaba que, tal vez, con su ascenso, me dejarían en paz. Podría escapar, alejarme de todo el dolor.

Pero sabía, en el fondo, que eso era una fantasía. Conociendo a Jonathan, lo único que haría sería mantenerme encerrado, como lo hacía nuestro padre, obligándome a seguir operando su maldito sistema de seguridad.

Mientras a Jonathan lo llevaban de paseo, lo llenaban de juguetes, coches, propiedades, yo recibía solo reproches y regaños...Pero, al menos, me dejaban sentarme en la misma mesa para comer.

"Confórmate con eso" solían decirme, como si compartir migajas de su mundo fuera suficiente.

La educación fue mi único privilegio, aunque tampoco me lo concedieron como a los demás. Nunca fui a una escuela, nunca tuve compañeros, amigos ni maestros que me miraran como a un ser humano. ¿Para qué? Según ellos, no necesitaba convivir con nadie. Todo lo que tuve fue un aula virtual y un profesor al que no veía en persona.

Mi vida se resumía a eso: aislamiento. Mi refugio era una red que construí para mí, un espacio digital donde nadie, ni siquiera mi padre, podía arrebatarme. Era lo más cercano a la libertad que tenía.

Pero no siempre fue así. Quizá, alguna vez, fui querido. Quizá, cuando nací. Pero eso cambió rápidamente. Lo recuerdo con claridad: el día que mi padre me llevó a presenciar cómo masacraba y torturaba a alguien esperando que tuviera la misma reacción que Jonathan, esperando que yo disfrutara del sufrimiento de los demás.

Tan solo tenia cuatro años, lloré y supliqué para que me dejara ir, porque era incapaz de soportar la escena, vi el desprecio en sus ojos, me tomó del brazo tan fuerte que quedaron marcas, y me obligó a observar hasta el final.

O el día que a los seis años mi madre me dio un arma y me exigió que matara al gato al que había estado alimentando a escondidas. Me negué. Le supliqué. Y entonces ella lo mató frente a mí, con la misma frialdad con la que me miraba.

Cuando Jonathan y sus secuaces me tomaron por sorpresa, burlándose mientras me golpeaban y apagaban cigarrillos en mi piel, dejaron más que cicatrices físicas en un niño de diez años. Dejaron marcas que hasta el día de hoy arden, recordándome que nunca fui más que un blanco fácil para su crueldad.

No importaba cuánto me obligaran. Ni los entrenamientos, ni los días encerrado en celdas sin comida, ni los azotes ni los castigos lograron moldearme en lo que ellos querían: un "hombre" digno de su retorcida visión. Para ellos, mi resistencia no era valentía, era fracaso.

Fue en esos momentos cuando dejaron de verme como su hijo. Me miraban con rabia, con decepción, como si yo fuera un error que nunca debió existir. Y esa rabia se convirtió en mi castigo constante.

Más que una traición [2]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora