Capítulo 20

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"Once razones más."

Adira.

Habían pasado días desde que Smith me ordenó buscar a los responsables del comunicado global. Ocho días ocultando información para proteger a mi gente. Por supuesto, eso solo enfurecía a Smith, y lo volvía más insistente con sus exigencias.

Bastián había salido temprano con uno de los equipos que yo misma armé para investigar. Cazar criminales mientras fingía lealtad hacia uno de los mayores monstruos del mundo era un juego de doble filo... pero también mi única ventaja.

El riesgo de ser descubierta era alto, por eso reduje nuestras operaciones en Francia. Disminuir la presión ayudaba a calmar la paranoia de Smith y me permitía moverme con más libertad.

Salí de la mansión para supervisar el cargamento que debía entregarse al amanecer. Mientras esperaba a Alex para las últimas mejoras, recorrí los pasillos de lo que ahora llamábamos hogar. Porque eso era este lugar: un refugio. No solo para nosotros, sino para quienes ya no tenían a dónde ir.

Cada día llegaba más gente. Algunos por elección. Otros, porque no les quedaba otra opción.

Pasé por el área de combate, donde varios entrenaban bajo la guía de uno de nuestros mejores soldados. Antes los entrenaba yo, incluso Bastián y Gérard participaban. Pero con el crecimiento del grupo, delegué esa tarea. Elegí líderes capaces de mantener la disciplina y el nivel.

Peleaban cuerpo a cuerpo, buscando derribar al contrincante. Usaban técnicas que les enseñé. Algunos eran más ágiles que otros, pero ninguno se rendía. Nadie retrocedía.

Eso los distingue: por más hundidos que hayan estado, no se detienen. Son los que envío cuando hay que atrapar o eliminar a alguien. Rápidos, letales, eficientes.

Y probablemente, también son los que cargan con las historias más oscuras. Quizá por eso es tan difícil derribarlos: han estado en el suelo tanto tiempo, que se niegan a volver allí.

Para entrar al escuadrón táctico hay que pasar meses de pruebas: físicas, psicológicas, estratégicas. Nadie pisa el campo hasta demostrarme que puede sobrevivir, pelear, y no quebrarse a mitad de camino.

Aquí están las personas más aguerridas que he conocido: hombres, mujeres, jóvenes... y niños. Desde exmilitares que desertaron, hasta víctimas de trata que me rogaron una oportunidad para volverse más fuertes que sus verdugos. Algunos incluso escaparon de Smith. Hoy entrenan con nosotros. Y cada día me demuestran que la rabia, bien canalizada, también es un arma.

Seguí caminando hacia el área de informática. Contábamos con cinco especialistas que operaban día y noche. Todos habían sido aprobados por Alex. Aunque eran excelentes, el verdadero cerebro era él. Su mente iba más rápido que el resto. Capaz de tender una trampa digital mientras rastreaba una señal en otro continente.

Pero no podíamos depender solo de él. Se suponía que trabajaba para Smith y la mafia. Por eso formamos un escuadrón cibernético: cinco expertos en distintas ramas que ampliaban nuestro alcance y mantenían la red operativa 24/7.

Analizaban perfiles, predecían movimientos, bloqueaban cuentas, generaban informes. Si Alex era el motor, ellos eran los engranajes que hacían que todo funcionara. Verlos me recordaba que, aunque yo inicié todo esto, este lugar no se sostiene solo por mí.

Unos minutos después, llegué a un rincón más silencioso. Frente a mí, la puerta de vidrio blindado que protegía el aula escolar. Dentro, once niños. De distintas edades, orígenes... y cicatrices.

El ambiente aquí era distinto. Había colores, risas apagadas, esperanza.

Algunos eran hijos de miembros del equipo. Otros, rescatados de lugares donde ningún niño debería crecer.

Más que una traición [2]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora