"Con gusto, querida."
Adira.
El viento en Alemania es tan cortante que casi parece una advertencia. Pero no me inmuto. Hace tiempo que aprendí a no temblar.
Lang camina detrás de mí, pasos silenciosos, firmes. Smith fue específico: lo eligió para eliminar a los traidores. Varios de los blancos son alemanes, y él conoce el terreno mejor que nadie.
Nos movemos entre la niebla de Berlín, donde el amanecer apenas logra despuntar. La ciudad duerme, ignorando que, en una fábrica abandonada al este, el primer nombre de la lista ya está condenado.
La fábrica es un esqueleto industrial: hormigón rajado, metal oxidado, olor a humedad y químicos rancios. En el suelo hay papeles quemados y charcos estancados que reflejan las ventanas rotas como si fueran ojos heridos.
Mikhail está adentro. Lo acompañan dos hombres que no le sirven de nada. Están drogados. Los tres. Sus pupilas delatan el efecto de algún estimulante barato, y sus risas torpes rebotan contra las paredes agrietadas.
No ven venir a Lang.
El primer disparo corta el aire como un látigo. El segundo lo acompaña. Uno para cada acompañante. El tercero atraviesa el pecho de Mikhail. El eco muere pronto.
Lang guarda el arma sin expresión, como si acabara de apagar una lámpara.
Me acerco al cuerpo. Hay sangre en el cuello de su camisa. En la mirada congelada de Mikhail no hay miedo. Solo sorpresa.
Claro que no entendía. Jamás traicionó a Smith. Era uno de sus mercaderes de drogas en Alemania. Los dos imbéciles que estaban con él solían ayudarlo con las ventas, llevándose una tajada. Pero no eran el problema.
Mikhail era codicioso. Hacía tratos con redes menores que entorpecían mis movimientos, mi control.
Y ahora está muerto. No por lo que hizo.
Sino porque me estorbaba.
El siguiente está en Hamburgo. Nos lleva casi un dia entero encontrarlo, es un tipo paranoico. Tiene guardaespaldas, rutinas cambiantes, ubicaciones secretas.
Lo observamos desde la distancia, una hora entera, sin prisa. Sus escoltas lo rodean discretamente. Pero los nuestros ya se ocuparon de ellos: un pinchazo en la bebida del primero, una falsa llamada de emergencia para distraer al segundo.
En cuestión de minutos, estamos dentro de la misma camioneta que debería recogerlo. Lang toma el volante. Yo me acomodo en el asiento del copiloto, el arma oculta bajo mi abrigo. El tiempo se estira como un hilo tenso.
Sale de una cafetería con las gafas puestas y un vaso en la mano.
Entonces, la puerta trasera se abre.
Ahí está. Su silueta enmarca el cielo gris de Hamburgo por un instante. Sonríe, distraído, mientras se deja caer en el asiento trasero... pero se congela al verme cuando me volteo hacia el, con el brazo apoyado en el respaldo del asiento.
Yo no sonrío.
Saco el arma y la apunto directo a su pecho. Su expresión cambia en segundos: primero sorpresa, luego terror, luego comprensión.
- Scheiße... -murmura al ver a Lang reflejado en el espejo retrovisor.
Pero no tiene tiempo para decir nada más.
Aprieto el gatillo.
El disparo retumba en el interior cerrado del vehículo. La sangre salpica el vidrio, la tapicería, mi hombro. Su cuerpo cae hacia un lado, convulsionando brevemente. Grita algo más en alemán, un grito medio ahogado, casi suplicante. No necesito traducción. Está pidiendo una explicación. Quiere entender.
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Más que una traición [2]
ActionLibro II de la Duologia "Monstruos y traiciones" Una traición para él, un sacrificio para ella. Al final, una mentira que los separa, pero que, en el fondo, ambos saben que es solo un velo que oculta la verdad. Cada día, el anhelo de volver a verse...
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