08. conejos y amenazas

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𝐃𝐈 𝐍𝐎 𝐀 𝐋𝐎𝐒 𝐋𝐄𝐂𝐓𝐎𝐑𝐄𝐒 𝐅𝐀𝐍𝐓𝐀𝐒𝐌𝐀𝐒

R A B B I T S   A N D   T H R E A T S 

La adolescente de cabellera rubia corría como si su vida dependiera de ello, volteaba hacia atrás en cada momento que podía, para ver si nadie la había seguido

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La adolescente de cabellera rubia corría como si su vida dependiera de ello, volteaba hacia atrás en cada momento que podía, para ver si nadie la había seguido.

Y al parecer no había ningún rastro de alguna persona que estuviera cerca.

Esa era una buena señal.

Aunque en realidad, no era su vida la que estaba en peligro, sino las de los dos pequeños conejos que apretaba contra su pecho.

Sus suaves cuerpos temblaban ligeramente, y Olivia podía sentir el latido acelerado de sus corazones contra sus manos.

—Tranquilos, pequeños. No dejaré que nadie los toque. —les susurró, su voz cargada de ternura hacia las dos pequeñas criaturas.

Ese día le había tocado a Olivia probarse como rebanadora, tenía que trabajar en el matadero y era algo que comprendió que no sería algo bueno. En cuánto ella colocó un pie ahí en ese sitio.

Esos dos conejos eran parte de los que Winston había designado para el matadero ese día y en cuánto la chica los vio no pudo evitar que su corazón se oprimiera al conectar su mirada con la de las dos pequeñas criaturas.

El chico de piel morena había sido bastante amable con Olivia mientras le explicaba el proceso de cómo se trabajaba ahí. Aunque él se había divertido un poco con el rostro de la niña mientras le explicaba como se manejaban en ese labor.

La rubia no había podido soportar la idea de saber que debía probarse en ese trabajo. La sola visión de los cuchillos con sangre la hizo querer devolver el estómago, sumado a el olor que no podía describir con exactitud, era el resultado de una extraña mezcla desagradable.

En cuánto escuchó como Winston le decía a otro chico que los conejos de esa jaula debían de llevarse al matadero, Olivia no pudo evitar reaccionar e idear algo para intentar salvar de su destino a los conejos.

De manera sigilosa y quedándose por detrás, en cuánto Winston se descuido y se aseguró que nadie la viera. Olivia agarró a los dos conejos y salió corriendo a toda velocidad de ese lugar, sin mirar atrás.

Una vez que ya los había salvado, debía de pensar cómo los iba a esconder.

Con cada paso, sus botas levantaban tierra, y su respiración se volvía más errática. Ella apenas conocía esa parte del bosque, pero esperaba que fuera un buen escondite. Los árboles se alzaban altos y retorcidos, y el aire tenía un aroma fresco mezclado con humedad.

Olivia sabía que no tenía mucho tiempo antes de que alguien se diera cuenta de su ausencia, pero no le importaba. Todo lo que quería era salvar a esos pequeños animales.

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