Parte 2 - Capítulo 11: El vuelo

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Una espesa lluvia caía sobre Hamburgo y de los jardines seelevaba el aroma de la tierra húmeda. Brillaba el asfalto de las callesy los anuncios de neón se reflejaban deformes en el suelo mojado. Unhombre enfundado en una gabardina caminaba por una calle solitariadel puerto dirigiendo sus pasos hacia el bazar de Harry.—¡De ninguna manera! —chilló el chimpancé—. ¡Aunque meclaven sus cincuenta garras en el culo yo no les abro la puerta!—Pero si nadie tiene intención de hacerte daño. Te pedimos unfavor, eso es todo —maulló Zorbas.—El horario de apertura es de nueve de la mañana a seis de latarde. Es el reglamento y debe ser respetado —chilló Matías.—¡Por los bigotes de la morsa! ¿Es que no puedes ser amable unavez en tu vida, macaco? —maulló Barlovento.—Por favor, señor mono —graznó suplicante Afortunada.—¡Imposible! El reglamento me prohíbe estirar la mano y correr elcerrojo que ustedes, por no tener dedos, sacos de pulgas, no puedenabrir —chilló con sorna Matías.—Eres un mono terrible, ¡terrible! —maulló Sabelotodo.—Hay un humano afuera y está mirando el reloj —maullóSecretario, que atisbaba por una ventana.—¡Es el poeta! ¡No hay tiempo que perder! —maulló Zorbascorriendo a toda velocidad hacia la ventana.

Las campanas de la iglesia de San Miguel empezaron a tañer losdoce toques de medianoche y un ruido de cristales rotos sobresaltó alhumano. El gato grande, negro y gordo cayó a la calle en medio deuna lluvia de astillas, pero se incorporó sin preocuparse de las heridasen la cabeza y saltó de nuevo hacia la ventana por la que habíasalido.El humano se acercó en el preciso momento en que una gaviotaera alzada por varios gatos hasta el alféizar. Detrás de los gatos, un  chimpancé se manoseaba la cara tratando de taparse los ojos, losoídos y la boca al mismo tiempo.—¡Tómala! Que no se hiera con los cristales —maulló Zorbas.—Vengan acá, los dos —dijo el humano tomándola en sus brazos.El humano se alejó presuroso de la ventana del bazar. Bajo lagabardina llevaba a un gato grande, negro y gordo, y a una gaviotade plumas color plata.—¡Canallas! ¡Bandoleros! ¡Pagarán por esto! —chilló elchimpancé.—Te lo buscaste. ¿Y sabes qué pensará Harry mañana? Que túrompiste el vidrio —maulló Secretario.—Caramba, por esta vez acierta usted al quitarme los maullidosde la boca —maulló Colonello.—¡Por los colmillos de la morena! ¡Al tejado! ¡Veremos volar anuestra Afortunada! —maulló Barlovento.El gato grande, negro y gordo y la gaviota iban muy cómodos bajola gabardina, sintiendo el calor del cuerpo del humano, que caminabacon pasos rápidos y seguros.

Sentían latir sus tres corazones a ritmosdiferentes, pero con la misma intensidad. —Gato, ¿te has herido? —preguntó el humano al ver unasmanchas de sangre en las solapas de su gabardina.—No tiene importancia. ¿Adónde vamos? —preguntó Zorbas.—¿Entiendes al humano? —graznó Afortunada.—Sí. Y es una buena persona que te ayudará a volar —le aseguróZorbas.—¿Entiendes a la gaviota? —preguntó el humano.—Dime adónde vamos —insistió Zorbas.—Ya no vamos, hemos llegado —respondió el humano.Zorbas asomó la cabeza. Estaban frente a un edificio alto. Alzó lavista y reconoció la torre de San Miguel iluminada por variosreflectores. Los haces de luz daban de lleno en su esbelta estructuraforrada de planchas de cobre, que el tiempo, la lluvia y los vientoshabían cubierto de una pátina verde.—Las puertas están cerradas —maulló Zorbas. —No todas —dijo el humano—. Suelo venir aquí a fumar y pensaren soledad durante las noches de tormenta. Conozco una entradapara nosotros.Dieron un rodeo y entraron por una pequeña puerta lateral que elhumano abrió con la ayuda de una navaja. De un bolsillo sacó unalinterna y, alumbrados por su delgado rayo de luz, empezaron a subiruna escalera de caracol que parecía interminable.—Tengo miedo —graznó Afortunada.—Pero quieres volar, ¿verdad? —maulló Zorbas.

Desde el campanario de San Miguel se veía toda la ciudad. Lalluvia envolvía la torre de la televisión y, en el puerto, las grúasparecían animales en reposo.—Mira, allá se ve el bazar de Harry. Allá están nuestros amigos —maulló Zorbas.—¡Tengo miedo! ¡Mami! —graznó Afortunada.Zorbas saltó hasta la baranda que protegía el campanario. Abajo,los autos se movían como insectos de ojos brillantes. El humano tomóa la gaviota en sus manos.—¡No! ¡Tengo miedo! ¡Zorbas! ¡Zorbas! —graznó picoteando lasmanos del humano.—¡Espera! Déjala en la baranda —maulló Zorbas.—No pensaba tirarla —dijo el humano.—Vas a volar, Afortunada. Respira. Siente la lluvia. Es agua. En tuvida tendrás muchos motivos para ser feliz, uno de ellos se llamaagua, otro se llama viento, otro se llama sol y siempre llega como unarecompensa luego de la lluvia. Siente la lluvia. Abre las alas —maullóZorbas.La gaviota extendió las alas. Los reflectores la bañaban de luz y lalluvia le salpicaba de perlas las plumas. El humano y el gato la vieronalzar la cabeza con los ojos cerrados.—La lluvia, el agua. ¡Me gusta! —graznó.—Vas a volar —maulló Zorbas.—Te quiero. Eres un gato muy bueno —graznó acercándose alborde de la baranda.—Vas a volar. Todo el cielo será tuyo —maulló Zorbas.—Nunca te olvidaré. Ni a los otros gatos —graznó ya con la mitadde las patas fuera de la baranda, porque, como decían los versos deAtxaga, su pequeño corazón era el de los equilibristas.—¡Vuela! —maulló Zorbas estirando una pata y tocándola apenas.

Afortunada desapareció de su vista, y el humano y el gatotemieron lo peor. Había caído como una piedra. Con la respiración ensuspenso asomaron las cabezas por encima de la baranda, yentonces la vieron, batiendo las alas, sobrevolando el parque deestacionamiento, y luego siguieron su vuelo hasta la altura, hastamás allá de la veleta de oro que coronaba la singular belleza de SanMiguel.Afortunada volaba solitaria en la noche hamburgueña. Se alejababatiendo enérgica las alas hasta elevarse sobre las grúas del puerto,sobre los mástiles de los barcos, y enseguida regresaba planeando,girando una y otra vez en torno al campanario de la iglesia.  —¡Vuelo! ¡Zorbas! ¡Puedo volar! —graznaba eufórica desde lavastedad del cielo gris.El humano acarició el lomo del gato.—Bueno, gato, lo hemos conseguido —dijo suspirando.—Sí, al borde del vacío comprendió lo más importante —maullóZorbas.—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que comprendió? —preguntó el humano.—Que sólo vuela el que se atreve a hacerlo —maulló Zorbas.—Supongo que ahora te estorba mi compañía. Te espero abajo —se despidió el humano.Zorbas permaneció allí contemplándola, hasta que no supo sifueron las gotas de lluvia o las lágrimas las que empañaron sus ojosamarillos de gato grande, negro y gordo, de gato bueno, de gatonoble, de gato de puerto.

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⏰ Última actualización: Jul 23, 2015 ⏰

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HISTORIA DE UNA GAVIOTA Y DEL GATO QUE LE ENSEÑÓ A VOLARDonde viven las historias. Descúbrelo ahora