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Verano de 1932

En medio de la Gran Depresión, el circo se alzaba como un refugio de maravillas y un escape del mundo áspero y desafiante que se extendía más allá de sus límites. En un campo aislado, las luces de queroseno proyectaban un fulgor cálido mientras los generadores emitían un murmullo constante, creando una atmósfera mágica que solo podía existir bajo las carpas del circo. Jin y Namjoon, unos niños de siete años, se encontraban inmersos en este mundo, donde cada día traía consigo un nuevo misterio y aventura.

Jin, hijo del escapista, crecía en un ambiente donde el arte de liberarse de cadenas y candados era tanto un espectáculo como una lección de vida. Su padre, con cada actuación, le enseñaba sobre la importancia de la mente sobre la materia, la concentración y la valentía. Por otro lado, Namjoon, cuya vida estaba vinculada a los leones gracias a su padre, aprendía sobre el respeto y el equilibrio entre fuerza y gentileza.

La amistad entre Jin y Namjoon era una mezcla de juegos inocentes y exploraciones curiosas. En cada rincón del circo, descubrían secretos y formaban memorias que serían el cimiento de su amistad. Cada mañana, bajo el sol naciente, su imaginación y sus juegos convertían el espacio del circo en un universo de posibilidades.

A medida que los días se convertían en noches, la carpa del circo no solo albergaba risas y aplausos, sino también susurros de un espectáculo más misterioso y exclusivo. Este evento, reservado para los ojos de los adultos, despertaba la curiosidad de los niños. La idea de algo prohibido, algo que no pertenecía a su mundo de acrobacias y animales, encendía su imaginación y los llevaba a aventurarse más allá de sus límites conocidos.

Así, en la quietud de una noche, bajo el manto de la oscuridad y con la carpa principal cerrada, Jin y Namjoon se embarcaron en una travesía secreta.

—Vamos, Namjoon, nadie nos va a ver —susurró Jin, su voz apenas perceptible por encima del zumbido de la multitud. La traviesa sonrisa de Jin brillaba bajo el suave resplandor de las lámparas de aceite.

Namjoon, con una mezcla de emoción y aprensión, escaneó el entorno cautelosamente antes de responder.

—Pero si nos atrapan, ¿a quién culpamos? —preguntó, su voz teñida de preocupación.

Jin, apretando los labios, adoptó una expresión de inocencia fingida y se encogió de hombros.

—Nadie nos dirá nada —susurró, con una seguridad que solo podía venir de la confianza en los secretos compartidos entre artistas—. Nuestros padres nos cubren —aseguró, tomando a Namjoon del brazo y comenzando a guiarlo, quien lo siguió sin oponerse.

Con la destreza de los que han crecido entre las sombras y los secretos del circo, se movieron como fantasmas entre los hombres, sus pasos tan silenciosos como el susurro del viento sobre la tierra. Una vez dentro, encontraron refugio detrás de un grueso cortinado de terciopelo, sus ojos abiertos de par en par, llenos de curiosidad, observando el espectáculo que se revelaba ante ellos.

La bailarina, con movimientos lentos y llenos de una intención que parecía dibujar historias en el aire, comenzó a desabrocharse el brasier. Cada gesto suyo era como un susurro de seducción, acompañado por un coro de música, silbidos y vítores que llenaban la carpa con una energía casi tangible. La atmósfera era densa, cargada de una emoción que Jin y Namjoon, no podían comprender por completo.

—¿Ves eso? ¡Todos están gritando! —dijo Jin, su voz rebosante de asombro mientras sus ojos seguían cada movimiento de la bailarina. La sorpresa en su mirada era evidente, como si estuviera presenciando un fenómeno natural que nunca antes había visto.

🎪 Of The Wonders | KookminDonde viven las historias. Descúbrelo ahora