chapter zero twenty four

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Hola, es un placer saludarl@s, me alegra volver a tener las ganas de escribir, como las tuve en un principio. Este cap será un poco especial, y cuando ponga ** quiero que reproduzcan Daylight de Taylor Swift.
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—¿No estás feliz? —me miró Bill, con un entusiasmo evidente.

—Claro, súper feliz de que a Tom le dé un infarto cuando descubra que nos fuimos —rodé los ojos. Al fin estábamos camino a Italia, habíamos abordado el avión, y ambos estábamos tranquilos… Bueno, más bien Bill lo estaba.

—Ni es para tanto. Lo máximo es que creo que nos llamará —elevó los hombros y comenzó a recostarse cada vez más en su asiento, mientras se colocaba un antifaz sobre los ojos para bloquear cualquier molestia—. Si le da un infarto, ¿qué podemos hacer nosotros?

—¡Bill! —resoplé y le di un golpe en el hombro, sacándole una sonrisa—. Te recuerdo que tienen la misma edad, ambos.

—Pero yo no me comporto como un viejo —relamió sus labios—. Ya, déjame dormir. Son diez horas de vuelo.

No dije nada, solo suspiré, recostándome en mi asiento como lo hizo Bill. ¿Cómo es que siempre me lío en estos problemas? No lo comprendo.

(...)

—¿La reservación estará a nombre de…? —preguntó la mujer que nos atendió en recepción.

—De B… —Bill me cubrió la boca antes de que pudiera pronunciar su nombre.

—Del señor Tom Kaulitz —sonrió, y la recepcionista escribió en la computadora, para luego mirarnos de nuevo.

—¿Efectivo o tarjeta?

—Tarjeta —respondió el rubio.

Lo miré frunciendo el ceño. Yo no traía tarjetas, y él ni siquiera tenía una en su posesión. Vi cómo comenzaba a sacar la tarjeta de Tom de su bolsillo.

Miré a Bill, y él me sonrió. ¿En qué momento le quitó la tarjeta a Tom?

—Okey, su reservación está completa —ella le sonrió a Bill y le devolvió la tarjeta de Tom—. Bienvenidos.

Asentimos levemente con la cabeza y nos dirigimos a nuestra habitación.

—¿Qué es lo primero que quieres hacer? —pregunté, echándome en el sillón de la habitación.

—Comer pizza —me respondió sin dudarlo ni un segundo—. Me voy a atiborrar de comida, en serio, te lo juro.

—¿Y si mejor dormimos un rato? —Bill me miró con mala cara.

—Dormimos casi diez horas —bufó.

—¿De dónde sacaste la tarjeta de Tom? —cambié de tema, y él se hizo el desentendido, haciendo cualquier tontería con tal de no responder.

—Bill Kaulitz, te estoy hablando.

Bill suspiró y me vio con fastidio.

—¿Qué? Tom estaba durmiendo y ni siquiera se dio cuenta de que la tomé. Así que deja de preocuparte por cosas insignificantes y vamos a pasarla bien en Italia, porque, que yo recuerde, siempre fue tu sueño venir desde niña.

Simplemente lo miré.

—Vamos por pizza —me levanté del mini sofá que había en la habitación y pasé a su lado.

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