omnisciente
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junio 2020
Era junio de 2020, y el mundo entero parecía haberse detenido. La pandemia había obligado a millones de personas a quedarse encerradas en sus hogares, enfrentándose a una nueva rutina marcada por el aislamiento y la incertidumbre. En Buenos Aires, el frío comenzaba a hacerse sentir en el barrio de Núñez, donde Enzo vivía en un departamento.
Cuando Olivia nació, las cosas no salieron como él esperaba. Valentina, la madre de la niña, había decidido que intercambiarían los días para que ambos pudieran pasar tiempo con su hija. Enzo se había negado al principio, preocupado por lo pequeña que era Olivia y lo frágil que parecía en sus brazos, pero al final no tuvo más opción que aceptar. Valentina estaba decidida, y él sabía que no podía pelear por completo.
Esa noche de sábado era distinta a cualquier otra que Enzo hubiese vivido. Apenas un año atrás, lo más probable es que estuviera preparándose para salir con sus amigos a algún boliche de Buenos Aires, riendo, tomando y disfrutando de la vida nocturna sin preocupaciones. Pero ese día todo era diferente.
Había sido un día agotador. Olivia parecía inconsolable desde la mañana, y Enzo ya tenía profundas ojeras de tanto intentar calmarla. El llanto iba y venía, a veces suave, otras veces desgarrador, y él no lograba entender qué la molestaba tanto. Para colmo, hacía un rato había aprovechado un breve momento de calma para darse una ducha rápida, pensando que al menos podría quitarse el cansancio de encima.
Pero apenas el agua caliente comenzó a relajar sus músculos tensos, escuchó el grito potente de Olivia desde la habitación. Su corazón dio un brinco, y en cuestión de segundos ya estaba fuera, con el pelo chorreando agua, corriendo hacia el cuarto.
-¿Que pasa, hija? -dijo con la voz entrecortada mientras la levantaba de la cuna. Olivia estaba roja, con los puñitos apretados, y el llanto parecía atravesar las paredes del departamento.
Enzo la sostuvo contra su pecho, intentando que el calor de su cuerpo la calmara un poco. Caminó de un lado al otro, meciéndola con movimientos suaves mientras murmuraba palabras tranquilizadoras, aunque a esas alturas sentía que nada servía.
-No entiendo que te pasa... -susurró, dirigiéndose a la cocina con Olivia en brazos.
Con una sola mano logró sacar el biberón de la heladera y meterlo en el microondas. Olivia seguía llorando con la misma fuerza, y él comenzó a canturrear una canción que su madre solía cantarle cuando era niño. Su voz estaba rota por el cansancio, pero aun así intentaba mantenerse sereno.
Cuando el microondas hizo un leve pitido, Enzo sacó la mamadera, la probó en su muñeca para asegurarse de que estuviera a la temperatura justa y se la ofreció a Olivia. Pero la pequeña giró la cabeza una y otra vez, negándose rotundamente a tomarla.
-Dale, Oli... -pidió él con un suspiro, pero la bebé siguió llorando, arqueando la espalda y pataleando con todas sus fuerzas.
Enzo no sabía qué más hacer. Sentía la frustración apretándole el pecho, pero también sabía que no podía perder la paciencia. Respiró hondo y volvió a pasearse por el living, tarareando mientras le daba pequeños besos en la cabecita.
-Por favor, hija... -murmuró, sintiendo las lágrimas picarle en los ojos. Era demasiado. Olivia lloraba como si el mundo se le estuviera desmoronando, y él se sentía completamente impotente.
Intentó cambiar de estrategia y se sentó en el sillón, acunándola en sus brazos. Cantó más bajito, acariciándole la espalda y balanceándose hacia adelante y atrás. Pero nada funcionaba.
Enzo la miraba sin comprender el motivo de tanto llanto. Olivia estaba roja de tanto llorar, los ojos cerrados con fuerza y los puñitos aún apretados como si el mundo entero se le viniera encima. Él, en cambio, se sentía agotado. Su cuerpo ya no podía más, el ardor en sus ojos por el cansancio apenas le permitía mantenerlos abiertos. Llevaba días acumulando el sueño perdido y el estrés de no saber cómo calmar a su hija.
