Capitulo 22

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La luz que entraba por la ventana era tenue, pálida y gris. Un amanecer nublado filtrándose a través de las cortinas sucias y mal cerradas.

Phupha se removió ligeramente en la cama, con el cuerpo pesado, como si cada músculo estuviera atado con piedras.

Abrió los ojos lentamente, sintiendo el ardor en sus párpados resecos. El aire olía a encierro, a alcohol rancio y desorden.

Un dolor punzante le atravesó la cabeza como si le taladraran el cráneo desde dentro.

Gruñó bajo, presionando las sienes con las manos. Sentía la boca seca, pastosa, y un zumbido constante en los oídos.

Intentó sentarse, y el mundo pareció tambalearse bajo sus pies. Las náuseas llegaron como una ola, pero logró contenerlas.

Cuando por fin se obligó a alzar la mirada, lo que vio lo hizo fruncir el ceño con fastidio… y vergüenza. La habitación estaba hecha una mierda.

Botellas vacías de cerveza y whisky desperdigadas por el suelo, latas de gaseosa aplastadas, envoltorios de comida rápida arrugados por todos lados.

Ropa sucia en el respaldo de la silla, calcetines y camisetas tirados como si hubiera estado buscando algo sin importarle nada más.

El edredón medio caído de la cama, la almohada en el suelo. Una escena que hablaba de abandono, de descuido, de un dolor que había dejado de esconderse.

Con esfuerzo, se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero caminó descalzo hacia la puerta, abriéndola con lentitud. La sala no estaba mejor.

Más botellas, más desorden. El televisor seguía encendido con la pantalla azul, un video detenido en pausa desde quién sabe cuándo. Había vasos sucios en la mesa del café, una manta arrugada en el sillón. Parecía la casa de un hombre que se había rendido.

Llegó a la cocina, arrastrando los pies. Abrió la nevera con un gesto mecánico. Había poca comida: un tupper con algo que ya no se podía identificar, una caja de leche vencida, y más cerveza.

Tomó una botella, la abrió sin pensar y le dio un largo trago. El líquido frío le quemó la garganta, pero no le importó.

Caminó hacia la mesa del comedor y se dejó caer en una silla de madera, el cuerpo encorvado, la botella en una mano. Sus ojos se perdieron en un punto muerto en la pared, como si buscara respuestas entre las grietas.

El silencio era denso, casi insoportable. Solo el tic-tac del reloj y el zumbido de su cabeza lo acompañaban.

Y entonces, llegaron los recuerdos.

Como una película proyectada sin permiso en su mente cansada.

Pat, con su sonrisa de sol, poniéndole una taza de café caliente entre las manos, mientras murmuraba con cariño: “Buenos días, dormilón”. El aroma del café mezclado con el de Pat, con su calor, con su amor.

Pat en la cocina, con ese viejo delantal de rayas que tanto le gustaba, el cabello despeinado, los pies descalzos sobre el suelo frío.

Tarareando una canción tonta mientras revolvía los huevos en la sartén. Su cuerpo se movía al ritmo de la música, y Phupha se quedaba observándolo desde el marco de la puerta, con el corazón lleno.

Recordó sus desayunos juntos, sentados frente a frente. Pan tostado, mermelada de fresa, y dedos que jugaban entre sí sobre el mantel. Las risas suaves, las bromas privadas, el amor en cada mirada.

Después, las duchas compartidas. La piel mojada resbalando entre caricias, los besos lentos, los suspiros ahogados entre vapor.

Las palabras dulces al oído, las risas entre el sonido del agua. Y luego, el deseo creciendo como fuego, devorándose entre gemidos, cuerpos resbalando uno contra el otro hasta estrellarse contra la pared. Amor en su forma más pura, más intensa, más desesperada.

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⏰ Última actualización: May 06, 2025 ⏰

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