CAPITULO VI

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La luna, cómplice silenciosa, iluminaba la fuga de Hipo y Jack. Habían irrumpido en la cocina real, robando una bandeja de pasteles con la audacia de dos niños traviesos. La risa resonaba entre ellos, un eco dulce en la noche.

Escondidos en un rincón del jardín, el aroma de los pasteles recién horneados se mezclaba con el perfume de las flores nocturnas.  Hipo, sin embargo, sentía una incomodidad desconocida, una sensación extraña que atribuía a la travesura.  Jack, por su parte, disfrutaba del momento, la complicidad y la dulce compañía de Hipo.

Con cada bocado de pastel, la cercanía se intensificaba. El roce accidental de sus piernas no fue un accidente. Hipo sintió un escalofrío, una reacción que no supo explicar.  Jack, sin embargo, pareció no notarlo.  Su atención estaba completamente en Hipo, en la sonrisa de este, en la forma en que sus ojos brillaban bajo la luz de la luna.

De pronto, una figura se materializó en la penumbra: Mérida, la prima de Hipo, con una sonrisa pícara en los labios.

Hipo, sorprendido, se tensó.  Sus ojos se abrieron de par en par, y su sonrisa se desvaneció instantáneamente, reemplazada por un rubor que se extendió por sus mejillas.

El pastel que sostenía se le cayó de las manos, y su primera reacción fue apartarse ligeramente de Jack, buscando una distancia que no existía un momento antes.

Jack, por otro lado, aunque también sorprendido, mantuvo una expresión más relajada.  Una sonrisa pícara se dibujó en sus labios, aunque un ligero rubor también se asomó en sus mejillas.  Su reacción fue más de diversión que de incomodidad, aunque un poco de nerviosismo se filtró en su mirada al ver la reacción de Hipo.

—¿Qué hacen, tortolitos?— preguntó Mérida, su voz un susurro divertido que rompía la magia del momento, o lo que Hipo comenzaba a sospechar que podría ser magia.

—Nada, Mérida— respondió Hipo, su voz un poco temblorosa —Solo… un picnic nocturno—

Mérida se unió a ellos, su presencia una tercera pieza en el rompecabezas de sus emociones… emociones que Hipo y Jack aún no comprendían del todo. 

La complicidad entre ellos era evidente, palpable, incluso para Mérida, que observaba con una sonrisa enigmática. 

El silencio, ahora, era diferente.  Más cargado, más electrizante, aunque Hipo y Jack lo atribuían a la emoción de la travesura y la presencia de Mérida.

Una vez terminados los pasteles, Mérida se despidió, dejando a Hipo y Jack a solas con la noche y sus secretos… secretos que ellos mismos aún no habían descubierto.

—Creo que Mérida lo notó— susurró Hipo, su voz apenas audible, más por la confusión que por la culpa.

Jack sonrió, una sonrisa traviesa que ocultaba su propia incertidumbre.

—Quizás— respondió —Pero… ¿importa?  Fue divertido, ¿no cree Prin-ci-pe?— pregunto saboreando felinamente la última palabra.

Hipo asintió totalmente sonrojado y apenado, aún sin comprender del todo la razón de su agitación.

La tensión entre ellos era un misterio, un enigma que ambos estaban a punto de desentrañar, sin siquiera saberlo.  El silencio, ahora, era una pregunta sin respuesta.

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