CAPITULO V

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—Gracias por el té, Jack —dijo Hipo, mientras se levantaba, con un sentimiento de melancolía que lo invadía—. Me ha gustado mucho pasar tiempo contigo.

—Lo mismo digo, alteza —respondió Jack, con una sonrisa que revelaba un corazón lleno de esperanza—. Espero que podamos hacer esto de nuevo pronto.

Hipo asintió, sintiendo una punzada de alegría al escuchar esas palabras. La mirada de Jack, llena de una intensidad que le hacía sentir cosquillas en el estómago, le confirmaba que no solo era una simple ilusión. La posibilidad de compartir momentos como este con él, de explorar juntos la profundidad de sus sentimientos, lo llenaba de una expectación que nunca antes había experimentado.

A partir de ese día, Hipo y Jack se encontraron con más frecuencia, sus encuentros se volvieron una tradición que rompía las barreras de clase y estatus. Los paseos por los jardines, las tardes en la biblioteca, incluso las charlas casuales en los pasillos, se convirtieron en oportunidades para conectar sus almas, para compartir confidencias y sueños.

Hipo, acostumbrado a la formalidad de la corte, se encontró aprendiendo a ser él mismo, a dejarse llevar por la espontaneidad y la alegría que emanaba Jack. La risa del doncel era contagiosa, llenando los silencios con una música que solo ellos podían escuchar. Hipo descubrió que podía hablar con Jack sobre cualquier cosa, desde las intrigas de la corte hasta sus sueños más profundos, sin miedo al juicio.

Jack, por su parte, se encontró cautivado por la nobleza de Hipo, por su sensibilidad y su capacidad de comprenderlo, de aceptarlo tal como era.  Las barreras que se habían levantado entre ellos, producto de la diferencia de sus posiciones, se desvanecieron a medida que su amistad florecía.

En la mirada de Hipo, Jack veía una curiosidad genuina, un deseo de conocerlo más allá de la etiqueta de "doncel".  La sonrisa de Hipo, que antes solo había sido un gesto de cortesía, ahora era una expresión de alegría que lo hacía sentir cálido por dentro.

Se volvieron cómplices, susurrando secretos en los jardines y compartiendo miradas llenas de complicidad. El vínculo que los unía se fortalecía con cada encuentro, con cada sonrisa, con cada palabra.

Un día, mientras paseaban por los jardines, Hipo se detuvo, con una expresión de preocupación en su rostro.

—Jack —dijo, con un tono que denotaba cierta inseguridad—  ¿te incomoda que me acerque tanto a ti? ¿Te molesta que…que sea tu amigo?

Jack se sorprendió por la pregunta.

—Alteza —respondió, con una sonrisa que intentaba disimular la confusión—  ¿Cómo podría molestarme?  Me alegra poder ser tu amigo, de verdad.

Hipo respiró aliviado, pero aún mantenía una pizca de duda.

—Lo sé, Jack —respondió, sintiendo que un nudo se formaba en su garganta—  pero… pero la gente…

Jack entendió el temor de Hipo.  La diferencia de sus posiciones, la presión social,  podían ser un obstáculo que, a pesar de los esfuerzos por ignorarla, siempre estaría presente.

—No te preocupes por la gente, alteza —dijo Jack, con un tono de seguridad que le transmitía tranquilidad—  Lo que importa es lo que sentimos, lo que somos el uno para el otro.

Jack se acercó a Hipo, sintiendo el latido acelerado de su corazón.

—No permitas que las etiquetas y las apariencias te impidan ser feliz —dijo, con un tono suave pero firme,  apoyando su mano en la del príncipe.

Hipo sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, una corriente de electricidad que lo atravesó de pies a cabeza. La mirada de Jack, intensa e inquisitiva, le decía que él también sentía algo más que amistad.  La barrera invisible que había construido para protegerse se estaba desmoronando, y  a pesar del miedo, se sintió atraído hacia un futuro que antes no había imaginado.

Las palabras de Jack, llenas de valentía y sabiduría, le llenaron el alma de esperanza.  A pesar de que el camino que se abría ante ellos no estaba exento de obstáculos, Hipo sabía que tenía que seguirlo, que tenía que seguir adelante.

Y en el fondo,  en lo más profundo de su corazón, se permitía soñar con un futuro donde la amistad se transformara en algo más, donde la barrera que los separaba se convirtiera en un puente que los uniera para siempre.

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