Epílogo

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Con el inicio del invierno, Wonwoo decidió tomarse un descanso. Desde la partida de Mingyu y Jeonghan, había aceptado un par de casos más y se ocupó de borrar los rastros de su huida.

Las amenazas no tardaron en llegar, pero gracias a la grabación que tenía del señor Kim, logró que dejaran de insistir.

Le inquietaba que el caso hubiera sido tan mediático, pero tras tres meses, las voces se apagaron y la desaparición de Kim Mingyu comenzó a desdibujarse, convertida en mito. Wonwoo revisaba con frecuencia los foros donde aún se discutía el caso; cuando alguno se acercaba demasiado a la verdad, intervenía con sutileza, usando sus contactos para desviar la atención o sembrar dudas suficientes como para hacerlos desistir.

El departamento en Gimpo se volvió su refugio. El nido de Jeonghan aún yacía sobre la cama, las tres tazas de café seguían en el fregadero, el aroma tenue de su esencia flotaba en el aire. Todo parecía esperar su regreso... no solo el de su omega, también el de Mingyu.

Cuando se marcharon, y creyó que no volvería a verlos, algo en su pecho se quebró. Un vacío se instaló, una opresión constante que le recordaba sin descanso que algo le faltaba. Pero días después, los sintió. Una ráfaga de júbilo, tan intensa que lo hizo sonreír sin razón.

El lazo seguía vivo.

Mingyu no se había removido la marca. Y aunque la conexión no era tan fuerte como cuando compartían techo, las emociones más intensas aún lo alcanzaban. Algunas noches, especialmente durante su celo, casi podía sentirlos; el clímax los envolvía a los tres y creía oír su nombre en la voz quebrada de Jeonghan. A veces se preguntaba si ellos podían sentirlo también.

La conexión era casi real. Casi suya.

Y sin embargo, habría preferido que terminara de una vez.

El lazo inconcluso era dulce y cruel. Lo alimentaba, pero lo dejaba hambriento. Le ofrecía un sorbo y le negaba el resto. Lo llenaba de una ambición que sabía no debía permitirse. Más de una noche se preguntó por qué no lo habían roto aún. Solo para despertar al día siguiente, aliviado, al saber que seguía unido a ellos.

Una deliciosa tortura. Cada día se repetía con la misma intensidad: lo dejaba sin aliento, lo volvía ansioso, lo desesperaba cuando no lograba sentirlos. Entonces llegaba el temor, tan frío y agudo como un puñal: ¿Y si los había perdido para siempre?

Hasta que un latido le confirmaba que seguían ahí.

Pero abrir los ojos y encontrarse solo en aquella cama... era otra forma de dolor. Su lobo se sentía incompleto.

Había días en que el sufrimiento se volvía físico: las manos le temblaban, el pecho le ardía, y un nudo en la garganta le impedía articular palabra. Sabía que sufría síntomas del síndrome de separación. Pero él no tenía marca. Él no podía hacer nada.

¿Sería mejor si Mingyu se la quitaba?

Visitó su oficina con la esperanza de calmar, por lo menos durante unas horas, aquella agonía. Sus asistentes se sorprendieron al verlo, cambiando su postura relajada y apagando la música en cuánto entró.

"Hyung, ¿Qué haces aquí?" Preguntó Seungkwan limpiándose las migas de la boca. 

Wonwoo sonrió despreocupado.

"Sólo quería comprobar que todo estuviera en orden" Tomó un puñado de sobres del escritorio "¿Es la correspondencia de hoy?" 

Seungkwan asintió.

"¡Ah hyung!... has estado trabajando sin ningún día de descanso, ¿Por qué regresas de tus vacaciones?" Dino hizo amago de quitarle los sobres de la mano, pero Wonwoo las sostuvo con firmeza. 

Caso 1004Donde viven las historias. Descúbrelo ahora