Regina
Bosque Encantado
XIII
No podía quitarme la inquietud, el horror del encuentro con el Espectro mientras avanzaba por los pasillos silentes del castillo, con Emma siguiendo mis pasos.
El sol había caído instantes atrás: la mayoría de los sirvientes ya se encontraban en sus aposentos, pero algunas doncellas aún se podían ver andando por el patio. Salimos por el portón trasero y vimos a estas mujeres terminando sus deberes, cociendo varias prendas o inclinadas ante el marco tallado de la virgen María.
Emma observó por primera vez a la gente bajo mi servicio, los rosales, el jardín que fue un obsequio de la tierra del sur y un antiguo molino frente a nosotras, a la distancia. Ella parecía fascinada incluso con los detalles vulgares, como lo eran los escalones, el laberinto de setos y la colina donde estaba ubicado el gigante de madera.
Su reino tendría que ser tan común para que en el mío encontrara maravilloso hasta el propio aire que respiraba.
—¿Qué es eso? —me preguntó.
—Una rivera abandonada —respondí—. No importa, sigamos.
Bajamos con rapidez por la escalera de ladrillos, atravesamos un paseo elevado entre una torre y otra hasta cruzar por un arco cuyas enredaderas floreaban rosas, gardenias y petunias. Al final del puente nos recibió una puerta de roble que abrí para entrar a la cuarta ala del castillo.
Después de aquella tarde con Rumple mis entrañas me susurraban lo terrible que se avecinaba. Y yo, como la encargada de destruir el mal, tenía que hacer algo, cualquier cosa, luego de esa premonición. Aunque fuera para tratar de evitar lo inevitable.
Fui la primera en cruzar el umbral y de inmediato tomé una de las teas de la pared para terminar con la oscuridad. Una tea en mi mano derecha y un pedazo de piel tierna de cordero en mi mano izquierda, caminé guiando los pasos de Emma, fijándome donde apoyaba los pies y poniendo atención hacia donde nos dirigía, en que ella estuviera a una distancia no tan lejana y serena.
En apariencia.
La luz de la tea era demasiado baja para iluminar un pasillo completo y yo no era tan ingenua para pedirle a Emma que tomara una, con lo nulo que la conocía, podía deducir que era muy capaz de encender sus ropas por un descuido.
Teníamos muchos días por delante, un invierno y rezagos, quizá. Tal vez, solo tal vez se me ocurriría que hacer con ella.
Ya encontraría una forma para que me ayudara... o algo parecido.
Nos conduje hacia el patio de armas: la luz de la luna creciente se escurría a través de los pilares rugosos y las baldosas grises del sendero lateral. Llegamos hasta ahí con nuestras faldas sucias de barro y con los pies cansados de estar aprisionados dentro de las zapatillas.
Nada más... nadie más.
Mis hombres ya no estaban a la vista. Todo era niebla teñida por tenues rayos de luz, solitarios y silenciosos. Conté por lo menos cuatro espadas perdidas en el piso, dos arcos con sus flechas aun incrustadas y cinco escudos entre la hierba fresca del patio.
Hice una nota mental para una reprimenda mañana al primer canto del gallo.
Me encaminé por el sendero de grava hacia un mesón en medio del campo. No tenía donde colocar la tea, así que extinguí la llama y la puse encima de una piedra a mi costado. Ahora nuestra única fuente de luz era el cielo nocturno.
Apoyé la piel de cordero sobre el mesón.
—¿Qué harás? —Me dijo Emma. Por unos instantes me olvidé de su presencia, y así continuaría si no fuera porque ella se posó detrás de mi oreja, al igual que un grillo perezoso y clamoroso.
ESTÁS LEYENDO
Ciudades de hierro
FanfictionRegina Mills y Emma Swan son dos mujeres diferentes, con costumbres diferentes Y en vidas diferentes. Rodeada de lujos, magia y guerra, Regina es una princesa prisionera en el bosque encantado, cuyo objetivo es salvar la vida de su pueblo. Emma e...
