Regina
Bosque Encantado
XIII
Me detuve frente al cuerpo y cuando este se giró me percaté de que era una mujer. Su acento, su voz y sus ropas eran tan extrañas, algo que en mis diecinueve inviernos jamás había visto. Seguramente era una bruja: su poder de derribar a todos mis hombres, su extraordinaria belleza, sus ojos verdes como las llamas de la hoguera al ser encendidas, su cabello largo y
rubio, y su corsé que dejaba ver un gran trozo de su piel, como si no tuviera miedo o la mínima decencia en su ser. Además, hablaba de objetos tan extraños como ella. ¿Teléfono? ¿Tatuaje? ¿Qué clase de maniobras demoniacas intentaba hacer? No comprendía cual era el objetivo de esa mujer al interferir en mi destino y en el de mi pueblo. Justo cuando iba en camino a cesar esa despiadada guerra de sangre, dando mi propia vida como tributo, el sonido de una explosión y un destello de luz hicieron que todo se detuviera en un segundo.
Bajé del carruaje, caminé por el sendero en busca de quien haya osado en hacer gran rebelión en contra de su majestad y de la paz que se avecinaba. Ensucié mis vestiduras, raspé mis pies y rasgué mis guantes al abrirme paso entre los arbustos. El ruido de los hombres se hacía más lejano hasta que no pude escuchar más que los frecuentes latidos de mi corazón.
En un momento estaba ahí, en el carruaje rumbo a la horca y al otro frente a un bulto lleno de tierra y cortes que resultó ser una humana.
Ante mí, tratando de recomponerse, hablando con un lenguaje digno de satanás, había una bruja o señora, o señora y bruja.
Iba a matarla, realmente lo haría. Pero lo que me hizo retroceder fue la súplica silenciosa en sus ojos, su desesperación fue lo que no podía descifrar, no sabía con exactitud si se trataba de sinceridad o un hechizo que me haría creer en su verdad.
La bruja rogó por mi piedad diciendo que no conocía como llegó hasta mis tierras, pero yo no me arriesgaría a creerle, al menos no en su totalidad. Mi dificultad para entender su habla,
la escasez de tela en su vestido, que no llevaba joyas, oro, rubíes ni plata me indicaba que no pertenecía a una casa, más bien se trataba de una campesina que, bruja o no, estaba desquiciada.
Pero mientras la analizaba, amenazaba y rebuscaba en el sentido de su presencia en mi trayecto, mi mente no se detenía y no dejaba de gritarme que ella era la culpable de esto. De no poder llegar a cumplir mi sentencia, de no poder dar fin a la masacre entre reinos.
Ella, la bruja o campesina, era quien tendría las respuestas a mis preguntas y quien era capaz de hacerme cumplir mi misión. Quitando el hecho de que tal vez era sincera o no, esa mujer me ayudaría a resolver aquel caos y a encontrar el pergamino que con su llegada se extravió.
Así que lo único que pensé fue en tenerla a mi lado, capturarla y no dejarla libre hasta que tuviera una solución a mis problemas. Si me lanzaba una maldición, un hechizo o su aquelarre tomaba represalias; yo mantendría a esa mujer, sin importar el precio.
La llevé conmigo hasta llegar donde mi caballería. Les hice creer que ella era mi
acompañante, nos hice regresar al castillo y recé a Dios porque eso se resolviera, por el perdón de su alma y por la dicha de mi gente.
†††
-Pero, ¿qué haces? -Gritó apretando los puños alrededor de las barras de hierro-. ¿Y qué es este lugar? Déjame salir ahora. ¡Estás loca!
Uno de mis guardias le puso la punta de su espada en la garganta, otra vez. Yo le dije al hombre que guardara el arma y la mujer retrocedió hasta chocar contra una de las paredes de la mazmorra, asustada.
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Ciudades de hierro
FanfictionRegina Mills y Emma Swan son dos mujeres diferentes, con costumbres diferentes Y en vidas diferentes. Rodeada de lujos, magia y guerra, Regina es una princesa prisionera en el bosque encantado, cuyo objetivo es salvar la vida de su pueblo. Emma e...
