Emma
Bosque encantado
XII
Me acosté en la hierba del jardín después del desayuno en mi habitación, de las oraciones y de todas las costumbres absurdas de la realeza.
Llevaba tres días atrapada.
Tres malditos días. El tiempo avanzaba y con él reafirmaba el pensamiento de que jamás lograría salir de esa pesadilla.
Nada parecía moverse. Y yo ni siquiera sabía qué hacer para cambiar.
Bueno, tampoco era como si ese hechicero pretencioso nos hubiera dado la suficiente información para solucionarlo. Mientras tanto lo único que me quedaba era estar ahí, acostada en un jardín que a mi opinión era lo más limpio e higiénico del palacio.
Extendí mis piernas bajo el ligero vestido de seda, tenía uno de mis brazos bajo la cabeza y el otro estaba por encima de mi cara. Abrí la mano bajo los rayos, estiré al máximo los cinco dedos para que la luz se filtrara por cada una de las ranuras. El sol me dio en los ojos y por un breve segundo pude sentir su calidez. Luego cerré el puño, casi atrapando el sol y dejándome a merced de mi propia sombra.
Pequeños momentos como ese, lejos de la multitud, del ruido de las armas y de las miradas desconocidas sobre mí, me ayudaron a mantener la mente activa, a mantenerme cuerda y a no morir en el intento. Pensar, una y otra vez en mi ancla, en la sonrisa de mi hermana y en los dos hoyuelos que se le formaban en las mejillas al sonreír, uno más arriba del otro. En el ronroneo de Bigotes al subirse a mis piernas y cuando le rascaba la barriga con las uñas. En como las cascarillas de mi esmalte barato se le quedaron enredadas en el pelaje desordenado para que después mi madre me regañara por que la gata traía motitas rojas alrededor de las orejas.
Pero, no funcionaba ¿cómo podría hacerlo si me encontraba a años de distancia, con pestes, pulgas y muertes mordiéndome los pies? Y nada de lo que veía me era vagamente familiar, no tenía contacto humano, mucho menos con Regina, quien no solo no' me escuchaba, sino que a veces era cordial y otras en realidad creía que me odiaba. Nuestros breves encuentros se redujeron a ella dándome órdenes, a ella regañándome, a ella murmurándome: "No toques esto, no toques aquello... así no se agarra una taza de té, ponte recta". Quería recordar un gesto verdadero que ella me hubiera brindado, sin embargo, no existía más allá de la pequeña y efímera sonrisa que me dio la noche del primer día en el salón de música.
Ni un gesto más.
Solo éramos mi chaqueta de cuero, ahora echada al fondo de un lujoso armario, la fotografía de mi familia y yo contra... Lo que viniera más tarde.
Y resultaríamos victoriosos, sin importar qué.
Parpadeé alejando aquellas cavilaciones y me puse de cuclillas para levantarme. Tenía los músculos tensos por el tiempo que pasé tirada en el pasto, pero mantuve el equilibrio y me reincorporé. Fue cuando lo oí: metales cayendo sobre otro en la tierra, como si hubiesen tirado un equipo completo de artillería pesada.
Hubo otro ruido, un chirrido y un suspiro, hueco y cansado que me hizo girar la cabeza. Uno de los caballeros estaba frente a mí, recto e intocable como soldadito de plomo. Su escudo, un par de lanzas y una espada se hallaban echadas a sus pies sin menor cuidado.
Él se quitó el casco y de inmediato le cayó una cortina de mechones marrones sobre los hombros. Las hebras de cabello se pegaron a su frente, costados y mejillas, llenas de un sudor terroso que, debido a nuestra distancia, alcancé a olfatear. Era una mezcla de suciedad, fluidos y algo, otra cosa que no podría descifrar tan fácil.
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Ciudades de hierro
FanfictionRegina Mills y Emma Swan son dos mujeres diferentes, con costumbres diferentes Y en vidas diferentes. Rodeada de lujos, magia y guerra, Regina es una princesa prisionera en el bosque encantado, cuyo objetivo es salvar la vida de su pueblo. Emma e...
