Capitulo seis

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Emma

Bosque Encantado

XIII

Voy a morir.

Fue lo que pensé mientras caminábamos.

Definitivamente iba a morir.

No sabía que esperar esa mañana antes de salir del castillo cuando Margaret me enfundó en capas y capas de tela, cuando desayuné carne cruda entre miradas y susurros indiscretos de los sirvientes por mi falta de modales en la mesa, pero no había esperado meterme en una comunidad de hechiceros y estar frente a esa figura esquelética, escamosa y andrajosa.

Brazos huesudos con venas grisáceas hasta el codo se asomaban por debajo de la túnica. Los dedos grasosos y cubiertos de llagas trataban de pasar las páginas del libro.

Emma, se escuchaban los susurros en el aire, llamándome. Emma, Emma, Emma, una y otra y otra vez.

Me mantuve de pie, al lado de Regina, sin soltar la mano que no supe en qué momento tomé.

—Eres tú —me susurró el espectro. Levantó el rostro, ensanchando la nariz y olisqueando.

Después cruzó la mesa con el libro en sus manos, acercándose despacio. La túnica negra le colgaba de los hombros y se arrastraba a sus pies.

Ante la proximidad pude notar las costras y la piel mugrienta que le tallaba el rostro. Ojos sin pupilas, blancos como una hoja de papel, labios manchados y dos grandes dientes sobresaliendo de su boca como colmillos. Por encima de sus ojos cicatrices que sustituían a un par de cejas. La mandíbula afilada y puntiaguda.

Su mera presencia me indicaba muerte, desgracia. La desgracia de mi pobre alma al ser llevada hacia la muerte.

Levantó una de sus manos y los dedos tintinearon al casi posarse bajo mi barbilla. Regina puso la espada bajo el cuello del espectro antes de que me tocara.

Él no se alarmó ni mostró señales de importancia.

—Emma —dijo y los vellos de mi piel se erizaron. Su voz era terrosa, grave y aguda al mismo tiempo—. ¿Cómo has llegado a nuestras tierras?

—N-No lo sé —contesté tartamudeando. Regina seguía en modo de defensa—. Ese, ese libro. ¿Tal vez?

—Quizá, quizá, quizá —divagó mientras jugueteaba.

—La tiene —dije en automático.

Esa cosa soltó una carcajada espeluznante, mirándome con una sonrisa burlona.

—Veo que eres inteligente. Algo que ya no abunda por aquí —se mofó—. Y Regina, querida, baja la espada. Solo los cobardes utilizan armas.

La princesa no hizo caso.

El espectro realizó un movimiento de muñeca y la espada desapareció. Mi mandíbula cayó.

—Mucho mejor —Él rio—. Ahora, ¿qué podrías querer tú, princesa, de este insignificante ser? Hace veranos que no aparecías por aquí. ¿Has venido a presumirme tu nueva adquisición y nada más?

Mills dejó escapar una respiración pesada.

—Conoces la respuesta a esa pregunta, Rumpelstillskin —siseó ella—. Dinos lo que sabes sobre el libro.

Rumpelstillskin, según el llamado de Regina, sonrió mostrando sus dos colmillos, grandes y filosos.

—Sea específica, Majestad.

Ciudades de hierroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora