Cap.23 Visitas

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La mañana llegó con suavidad, filtrándose a través de las persianas del hospital en forma de líneas doradas que pintaban la pared. El monitor seguía marcando los latidos rítmicos de Crystal, y yo seguía en los brazos de Caleb, aún medio dormida, como si el mundo allá afuera no pudiera alcanzarnos.

Pero la calma no tardó en romperse con un suave golpeteo en la puerta.

Caleb abrió un ojo y me miró con una sonrisa somnolienta.

—¿Esperabas visitas tan temprano?

Negué, aún sin despegarme de su abrazo.

La puerta se abrió con un crujido leve, y lo primero que vi fue el rostro nervioso de mi mejor amiga, Judy, con una bolsa de papel en las manos y el cabello recogido en un moño desordenado. Detrás de ella, entraron mi hermano y los padres de Caleb, con una mezcla de preocupación y ternura en el rostro.

—¡Dios, Nicole! —exclamó Judy antes de acercarse corriendo a la cama.

Me abrazó con cuidado, como si tuviera miedo de romperme. Olía a café y a lavanda, y su voz temblaba un poco al hablar.

—Te ves horrible, pero te juro que nunca me alegró tanto verte viva.

Reí débilmente, sin poder evitar emocionarme.

—Gracias por venir —susurré.

Christopher me saludó con un beso en la frente, serio, con los ojos rojos. Me apretó la mano sin decir nada, como solía hacerlo cuando no encontraba las palabras
Alexis, la madre de Caleb, se acercó despacio y me acarició el cabello con ternura. Su voz fue un susurro suave:

—Te ves mejor de lo que esperábamos. Nos tenías preocupados, mi niña.

Staton, más callado pero con una presencia firme, asintió con una sonrisa breve mientras dejaba una pequeña planta en la mesita junto a la cama.

—Pensamos que era mejor que flores. Esto es más... duradero.

—Gracias —dije con la voz aún un poco ronca—

Claro, aquí tienes la continuación:

Una enfermera se asomó con discreción por la puerta, como si supiera que estaba interrumpiendo algo importante.

—Buenos días —dijo con voz suave, amable—. Lo siento, necesito tomarle los signos vitales a Nicole.

Todos se apartaron un poco, formando un pequeño semicírculo mientras la enfermera se acercaba a mi lado con el tensiómetro y el termómetro. Caleb soltó mi mano, pero se quedó cerca, con la mirada atenta.

—¿Cómo te sientes esta mañana? —preguntó la enfermera mientras colocaba el brazalete en mi brazo.

—Mejor —respondí con sinceridad—. Un poco cansada, pero... mejor.

Ella sonrió con profesionalismo, mirando la pantalla del aparato.

—Tu presión está estable. Eso es buena señal.

Cuando terminó, tomó nota en la tablilla digital y nos dejó con una última sonrisa cortés. La puerta se cerró de nuevo, y el aire recuperó el tono cálido que había tenido antes de la interrupción.

Alexis dio un paso al frente con expresión maternal.

—No queremos cansarte, cariño. Sólo queríamos verte con nuestros propios ojos.

—Y dejarte comida —añadió Judy, alzando la bolsa una vez más con orgullo—. Lo básico.

—Gracias —repetí, porque no sabía qué más decir ante tanto amor.

—Nos turnaremos para venir —dijo Staton, mirando a Caleb como si ya hubieran hablado antes—. Y si necesitas espacio... también sabremos respetarlo.

Asentí, conmovida por su delicadeza.

—Lo único que necesito ahora mismo... es esto, a vosotros. No imaginan cuánto me ayuda.

Mi hermano se acercó de nuevo, esta vez con una sonrisa apenas dibujada.

—No estamos yendo a ninguna parte, Nicole. A menos que tú nos eches.

Reí bajito.

—Eso no va a pasar.

El murmullo de las voces fue decayendo hasta que, poco a poco, uno por uno, comenzaron a despedirse. Judy fue la última, como siempre.

Cuando nos quedamos solos otra vez, Caleb volvió a mi lado y me ayudó a acomodarme entre las sábanas. Se sentó en el borde de la cama y me acarició el rostro.

—¿Necesitas algo? —preguntó,

Negué con la cabeza.

—Hoy solo quiero esto.

—¿Esto? —repitió, con una media sonrisa.

—Tú. Aquí. Y el sonido del monitor recordándome que sigo viva.

Él asintió, me besó suavemente y se recostó a mi lado con cuidado, como si pudiera romperme. Cerré los ojos, sintiendo su respiración cerca, y por primera vez desde el accidente, sentí que el futuro podía esperar.

Y que yo, esta vez, iba a estar lista para él.

EL DOLOR DE TU MIRADAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora