Tres meses después, París seguía tan gris como siempre, pero Nicole ya no lo sentía igual. El frío era parte del telón de fondo, como el murmullo constante del Sena o el aroma a mantequilla de las panaderías por la mañana. Se había acostumbrado otra vez al ritmo de la ciudad: los pasos sobre el empedrado, el chirrido del metro, el eco de los ensayos en los pasillos del conservatorio.
Pero lo que más había cambiado era su hogar.
Crystal ya sostenía la cabeza con firmeza y se reía a carcajadas cuando Caleb hacía ruidos ridículos. Nicole había retomado sus clases de danza por completo, incluso empezaba a ensayar con una pequeña compañía independiente que buscaba revivir coreografías olvidadas de los años 40. A veces, se sorprendía de tener energía para tanto. Otras, lloraba en silencio de agotamiento mientras Crystal dormía.
Una noche de marzo, Caleb apareció en la puerta con una rosa roja envuelta en papel de diario y una caja de pasteles de frambuesa.
-¿Qué celebramos? -preguntó Nicole, alzando una ceja.
-Que es miércoles. Y que Crystal descubrió su reflejo en el espejo del baño.
La risa se le escapó sin querer. Aquellos detalles pequeños se volvían anclas para no naufragar.
Esa noche, Crystal durmió temprano. Nicole lavaba los platos mientras Caleb afinaba una guitarra que tenía meses en silencio.
-¿Hace cuánto no tocas? -preguntó ella, secándose las manos con un trapo.
-Desde antes de Crystal. No quería que se asustara con el sonido. Pero hoy... hoy tengo ganas de tocarte algo.
Ella se sentó en la alfombra, con las piernas cruzadas. Caleb empezó a tocar una melodía suave, imperfecta, con acordes sencillos. Pero su voz, baja y cálida, llenó el apartamento como una promesa.
No era una canción famosa. Era una que había compuesto él mismo, entre pañales y cucharas de puré. La letra hablaba de un cuerpo que baila aunque esté cansado, de unas manos que aprenden a sostener lo frágil, de una risa que convierte el caos en casa.
Nicole no se dio cuenta de que lloraba hasta que Caleb terminó de cantar y le limpió una lágrima con el pulgar.
-No me mires así -susurró ella, medio riendo-. Estoy hormonal o algo.
-No, estás viva. Eso es todo.
Entonces se puso de pie y metió la mano en el bolsillo trasero de sus jeans. Sacó una cajita pequeña, envuelta en un papel azul algo arrugado.
Nicole dejó de respirar.
Caleb se arrodilló, no con ceremonia, sino con la naturalidad de quien se ha arrodillado mil veces para cambiar pañales o recoger juguetes. Pero esta vez, sus ojos decían otra cosa.
-No tengo un discurso elegante, Nicole. Solo tengo esto: te amo desde antes de saber cómo se amaba de verdad. Y ahora que lo sé, no quiero perder ni un solo día sin decírtelo como se debe.
Abrió la caja. Un anillo sencillo, de oro mate, con una piedra pequeña -nada ostentoso, pero cálido, real, como ellos.
-¿Te casarías conmigo? ¿Con este desastre que soy? ¿Con este padre primerizo con ojeras y olor a crema de avena?
Nicole rió, una risa húmeda, rota por el llanto. Se inclinó hacia él y lo besó.
-Sí. Sí. Sí, carajo.
Caleb se rió también, nervioso, y le puso el anillo en el dedo con manos temblorosas.
-¿Puedo decir algo cursi? -preguntó él.
-Después de esa canción, tienes pase libre para lo cursi todo el año.
-Desde que llegamos a París, me he preguntado cómo se siente saber que estás exactamente donde debes estar. Y ahora lo sé. Es esto.
Crystal, como si intuyera la importancia del momento, gimió desde la cuna. Nicole se levantó, la alzó con ternura, y la meció en sus brazos. La pequeña bostezó y volvió a dormirse en su pecho.
-Nuestro testigo principal ya dio su bendición -bromeó Caleb, acariciando la espalda de la bebé.
Nicole miró su reflejo en el ventanal. Ella, con su hija dormida, el cabello suelto y húmedo por la ducha, aún con el olor a jabón de lavanda. Y él, abrazándolas a las dos, descalzo, con esa cara de hombre que ha encontrado su centro.
-¿Se lo decimos a Chris? -preguntó ella después de un rato, sentándose en el sofá con Crystal entre ellos.
-Primero a él, claro. Si no, me deshereda como cuñado.
Nicole sacó el móvil y le mandó una foto: su mano con el anillo, Crystal dormida sobre su pecho, y Caleb sonriendo al fondo.
Dos minutos después, llegó la videollamada. La cara de Christopher apareció en la pantalla, desordenado y en bata, con Judy detrás espiando por encima del hombro.
-¡¿Qué?! ¡¿Qué?! ¡¿Lo lograste, Caleb?! -gritó él.
-Con mucho jazz y poca dignidad -respondió Caleb, fingiendo solemnidad.
Christopher soltó un grito triunfal y Judy aplaudió como si hubieran ganado una medalla olímpica.
-Sabíamos que iba a pasar -dijo Judy-. Pero igual estamos llorando.
-Yo también -dijo Nicole-. Pero solo porque Crystal se tiró un gas en medio de la canción.
Rieron todos. Y por un momento, la distancia se volvió invisible.
Después, cuando colgaron y el silencio volvió a llenar el departamento, Nicole miró a Caleb y dijo:
-No quiero una boda grande. No ahora. No vestidos caros ni banquetes. Solo quiero bailar con ustedes dos. Comer algo rico. Y seguir siendo esto.
Caleb asintió.
-Te prometo que lo que venga será igual de real que esto. Aunque sea imperfecto.
Nicole besó a Crystal en la frente y luego a Caleb en los labios.
-Entonces sí. Me caso contigo. Con tu caos, tu guitarra desafinada y tus pasteles de miércoles.
La noche siguió, París allá afuera, gris y mojado. Adentro, la música era otra.
Y aunque no había escenario ni aplausos, Nicole sintió que acababa de vivir otra de esas cosas eternas.
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EL DOLOR DE TU MIRADA
Novela JuvenilDespués de haber pasado cinco meses en Paris Nicole decide volver a Londres para pasar un tiempo con su familia, Christopher y Judy, sin la esperanza de volver a ver a Caleb, lo ultimo que supo de Caleb es que dejo los estudios y fue a trabajar a...
