Pasaron dos días desde que volví a casa. Dos días de abrazos largos, de caricias que duraban segundos más de lo normal. De miradas cargadas de lo que no decíamos. Dos noches durmiendo juntos, pegados, pero sin cruzar el límite que nos habíamos impuesto.
Hasta esa tercera noche.
Christopher se había quedado trabajando , ya que tenía doble turno . Judy había ido a visitar a sus padres y no volvería hasta el día siguiente. La casa estaba en silencio, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que el mundo nos daba permiso para respirar sin miedo.
Caleb salió de la ducha con una toalla colgada de la cintura, el torso húmedo brillando bajo la tenue luz del dormitorio. Me miró desde el umbral, sin decir nada, pero sus ojos hablaban. Cerró la puerta con suavidad tras de sí.
Yo estaba sentada en la cama, con una bata fina sobre el cuerpo. Sentí cómo el corazón me latía en el cuello, en las muñecas, en todas partes.
Él se acercó y se detuvo frente a mí.
-¿Estás segura? -preguntó en voz baja.
Asentí sin apartar la mirada.
-Más que nunca.
Caleb se inclinó y me besó despacio, como si saboreara cada segundo que habíamos perdido. Sus labios eran cálidos, firmes, pero pacientes. Su lengua buscó la mía con dulzura, y nuestras respiraciones se mezclaron.
Sus manos deslizaron la tela de mi bata por mis hombros, dejándola caer. Yo acaricié su espalda, mojada aún, con las yemas de los dedos. La piel contra la piel fue un bálsamo, una descarga eléctrica, un reencuentro.
Nos tumbamos entre sábanas limpias, sin prisas. Él recorrió mi cuerpo con respeto, con deseo, con un amor que me hizo cerrar los ojos más de una vez. Besó mi vientre, lentoy con cuidado, luego subió, dejando un rastro de fuego en su camino.
-Estás hermosa -susurró, como si le costara creerlo.
-Estoy viva -le respondí-. Y contigo.
Nuestros cuerpos se buscaron con una mezcla de urgencia contenida y ternura salvaje. Me sentí deseada, adorada. Sentí que me deshacía entre sus brazos y que al mismo tiempo me reconstruía. Caleb no solo me tocaba: me escuchaba con las manos, me hablaba con la piel.
Me acomodé de lado, y él se acopló detrás de mí con cuidado, su mano sosteniendo mi vientre como si fuera lo más valioso del mundo. Cada movimiento era suave, sincronizado, profundo. Me sentí envuelta, protegida, sostenida en todos los sentidos.
Y cuando finalmente me hizo suya, lo hizo con cuidado, con devoción. Como si ese momento fuera sagrado. Y lo fue.
Gemí su nombre entre susurros. Él apretó los dientes, sus manos aferradas a mis caderas. Nuestros cuerpos se movían en armonía, guiados por algo más antiguo que el deseo: el amor. La necesidad de encontrarnos de nuevo.
Después, me abrazó, y no dijo nada. No hacía falta. La respiración compartida, el sudor en nuestras frentes, los dedos entrelazados, lo decían todo.
Dormimos así, desnudos, enredados, como si nada en el mundo pudiera tocarnos.
Y por primera vez desde el accidente, sentí que algo dentro de mí había sanado de verdad.
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EL DOLOR DE TU MIRADA
Ficção AdolescenteDespués de haber pasado cinco meses en Paris Nicole decide volver a Londres para pasar un tiempo con su familia, Christopher y Judy, sin la esperanza de volver a ver a Caleb, lo ultimo que supo de Caleb es que dejo los estudios y fue a trabajar a...
