Cap. 24 La vuelta a casa

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La mañana en que me dieron el alta, el sol parecía más brillante de lo habitual, como si también él celebrara mi salida del hospital. Caleb me empujaba suavemente en la silla de ruedas mientras Judy iba por delante, cargando con una mochila que, según ella, tenía de todo menos lo innecesario. Mi hermano llevaba las plantas —la que me habían traído los padres de Caleb y una pequeña suculenta que alguien dejó anónimamente junto a mi cama el último día.

Salí entre pasillos blancos y puertas automáticas, y el aire libre me golpeó como un despertar. Olía a vida. A árboles húmedos por el riego de la mañana. A humo de café, a pan recién horneado de alguna cafetería cercana. A mundo real.

—¿Lista? —preguntó Caleb mientras me ayudaba a subir al coche.

No lo estaba. Pero asentí igual.

El viaje fue silencioso. No de esos silencios incómodos, sino de los necesarios. Caleb sostenía mi mano mientras el paisaje pasaba por la ventana como una película a cámara lenta. El barrio no había cambiado. Las mismas casas, las mismas aceras con grietas, los mismos perros perezosos echados al sol.

Cuando llegamos, me quedé mirando la puerta de casa un largo rato. Caleb me abrió la puerta del auto sin decir nada, y juntos caminamos hasta la entrada. Pisé el felpudo como si fuera tierra nueva, y al cruzar el umbral, algo se apretó en mi pecho.

Era mi casa, pero no era la misma.

Todo estaba limpio. Ordenado. Pero distinto. Había ramos de flores secándose en floreros improvisados, una manta doblada en el sofá que yo no recordaba, postales pegadas con cinta en la nevera. Judy me explicó que se habían cambiado algunas cosas para mejorar el espacio y que yo estuviera más cómoda para mí recuperación fuera más llevadera

Me senté en el sofá, agotada. Cada paso había sido una batalla, pero estar ahí, entre mis cosas, me daba una extraña sensación de recuperación que el hospital nunca pudo ofrecerme.

—¿Quieres comer algo? —preguntó Caleb, de pie en la cocina.

Negué con la cabeza.

—Solo... siéntate conmigo un momento.

Él se acercó y se dejó caer a mi lado. Me recosté en su hombro. La televisión estaba apagada, el reloj de la pared marcaba una hora que no importaba
Siento mucho lo que ha pasado de verdad
No es tu culpa, Dulce está loca
Ya pero te ha empujado te ha puesto en peligro a ti y a nuestra hija
Caleb- Cogí su mentón le hice mirarme- Estoy bien, Crystal está bien- dije tocándome el vientre , le bese de manera intensa, el puso su mano en mi pierna, y derrepente sentí algo que no sentí hace mucho tiempo, DESEO

EL DOLOR DE TU MIRADAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora