—Dios… ahora entiendo todo lo que tuvo que pasar la Calaverita. Trabajar en un bar es una condena, y peor si es en el maldito infierno —murmuró Satoru Gojo, dejando escapar un suspiro de agotamiento y frustración.
Apenas terminó de hablar, se lo vio sacar de una patada a un borracho que había estado haciendo escándalo. El tipo voló hasta estrellarse contra la acera ardiente del inframundo, pero, tambaleándose, volvió a ponerse de pie. Borracho, herido y furioso, decidió regresar al bar para vengarse.
El sujeto salió despedido por segunda vez, atravesando la puerta como proyectil humano, con la cara destrozada y sin ningún rastro de dignidad.
Gojo se sacudió las manos como si acabara de sacar la basura.
—Y todavía me dicen que esto no cuenta como servicio comunitario.
—ahora tengo que llamar a alguien que arregle eso...
Gojo desvió la mirada de la puerta con total indiferencia. Ya había tenido suficiente con el borracho volador. Se dirigió con calma a levantar un par de sillas que habían quedado volcadas tras el altercado, acomodándolas con una despreocupación que contrastaba con el caos reciente.
Justo cuando colocaba la última silla en su sitio, el característico tintineo de la campana en la puerta anunció la llegada de alguien más.
Sin siquiera voltear, Gojo sonrió levemente.
—Vaya, Loona... Lunita, ¿qué haces por acá?
Loona se detuvo en seco. Frunció el ceño, claramente desconcertada. No había dicho una palabra desde que entró.
—¿Cómo sabías que era yo...? —preguntó, con la mirada entre la sospecha y la curiosidad.
Gojo se encogió de hombros, todavía de espaldas a ella, mientras sacaba un trapo para limpiar el mostrador con tranquilidad.
—Oh, bueno... solo son truquitos del más fuerte. No le busques lógica a lo desconocido, jiji~ —respondió con ese tono juguetón tan suyo, mientras finalmente giraba ligeramente el rostro, dejando ver su sonrisa confiada.
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Loona lo miró en silencio por un momento, como si intentara descifrar si bromeaba o hablaba en serio. Pero con Gojo, era imposible saberlo.
—¿A qué se debe esta agradable visita? —preguntó Gojo con fingido interés mientras ahora aparecía en la barra, limpiando un vaso—. ¿Acaso vienes a contarme otra tontería de Blitz... o tal vez de ese “gran amor” que resultó ser un enfermito detrás de una pantalla, haciéndose pasar por un Hellhound?
Loona se quedó helada.
—¡OYE!... —exclamó, intentando sonar molesta, pero su voz tembló levemente.
Sus mejillas se tiñeron de rojo de inmediato. Bajó la mirada al suelo, intentando esconder la vergüenza que le invadía. Se cruzó de brazos, como si eso pudiera protegerla del comentario punzante.