5:00:00
4:59:00
4:58:00
—Bien, aquí debe ser el último lugar donde se la vio. —dijo Satoru, cruzando los brazos frente al supermercado iluminado por neones parpadeantes.
Al entrar, la presencia de Gojo rompió la rutina: los murmullos se apagaron y varias miradas se clavaron en él. Caminó despacio entre los pasillos, la gente retrocediendo sin atreverse a interrumpirlo.
—Según esto, las cámaras deberían tener información —murmuró, hojeando la hoja que Velvet le había dado.
Sus ojos se posaron en un chico de cabello negro, con rasgos que recordaban más a un pez que a otra cosa; trabajaba en caja. Gojo se acercó y, sin disimulo, dejó que su porte intimidante hiciera el resto. El joven tragó saliva.
—¿Me puedes enseñar las cámaras de este lugar? —preguntó Satoru con voz fría.
—Lo sentimos, solo puede verlo personal autorizado —balbuceó el chico.
Gojo ojeó la hoja otra vez y suspiró, sin prisa.
—Vengo de parte de la Overlord Velvet.
Al pronunciar ese nombre, la atmósfera cambió. El semblante del chico se descompuso y, sin mediar palabra, le hizo una señal a una compañera cercana. Ella entendió al instante: comenzó a pedir a los clientes que desalojaran el local con excusas torpes y una sarta de insultos bizarros que nadie se atrevió a cuestionar.
—B-b-bueno… ca-ca-cam-a… cámaras —titubeó el chico pez, y con un gesto nervioso activó el sistema.
Varias pantallas emergieron desplegándose desde el techo, encuadrando el pasillo principal con una nitidez fría. No hacía falta ser un genio para saber de dónde venía la tecnología: el sello de Vox se notaba en cada interfaz.
—¿Cuál es la fecha? —preguntó Gojo, mirando de reojo la hoja.
El joven volvió la vista al monitor, temblando.
—Hace tres días, a las seis.
El clip mostró a la chica: cabello largo que le tapaba los ojos, ropa en un punto incómodo entre lo revelador y lo discreto. La cámara la siguió recorriendo los pasillos; compró alimentos, pero sobre todo una cantidad notable de productos de aseo. Llegó hasta la caja, pagó y se fue. Eso fue todo lo que el supermercado registró.
—¿Es cliente frecuente? ¿La ves seguido por aquí? —insistió Gojo.
—B-bueno… entre las dos —respondió el chico—. A veces viene varios días seguidos; otras, desaparece por semanas. Y… algunas veces viene acompañada. Mi compañera dijo que la reconoce.
Gojo alzó una ceja y clavó la mirada en la empleada que, ahora, se mostraba visiblemente nerviosa. Ella se agitó, la voz quedó pegada en la garganta.
—Lo conozco —dijo, por fin, atropellando las palabras—. Es un encargado de casino y de un prostíbulo. Yo… yo trabajo para él. Él la trae mucho al casino y al prostíbulo.
