sorpresas y recuerdos

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—Al parecer el hotel, después de todo ese desastre, ha atraído a demasiada gente. Bien por Charlie y los demás.

Gojo estaba en pijama y pantuflas, con un cuenco de cereal en la mano y la mirada pegada al televisor del bar. La pantalla proyectaba imágenes tenues; el bar, pese al caos fuera, seguía con su calma de costumbre. Masticó despacio, como quien decide cada palabra que va a decir.

Después de hablar con Velvet, varias piezas encajaron en su cabeza y llegó a una conclusión simple: no se iba a meter. Aunque fuera un problema de Charlie o de los demás, no iba a inmiscuirse. ¿Para qué arriesgarse por algo que claramente podía volverse en su contra? Él había provocado algo grande —había eliminado a una figura importante del Cielo— y meterse ahora sería estúpido. Podía imaginarse las consecuencias: líos burocráticos, represalias, y mucho papeleo celestial que terminaría por joderlo.

Además, ¿por qué ayudar a demonios? Estaba en el Infierno; lo último que quería era ponerse del lado de alguien cuyo historial era, por decirlo suave, dudoso. Eso alimentaba su resistencia a apoyar la idea de redención de Charlie. Sin embargo, en el fondo había algo que lo fastidiaba: aunque no lo admitiera, creía en la posibilidad de un cambio. Era una contradicción que le resultaba entretenida —no apoyaba la causa, pero no podía negar que la idea tenía mérito.

Se llevó otra cucharada de cereal a la boca y encogió los hombros. El televisor seguía hablando de caos y batallas. Gojo sonrió para sí, más por costumbre que por alegría. Que se arreglen solos, pensó. Si la cosa se pone demasiado fea, ya veríamos.

Gojo frunció el ceño de repente. Un olor extraño flotaba en el aire, y no tardó en darse cuenta de que provenía de él mismo. Giró la cabeza hacia un lado, olfateó con cautela y levantó un brazo para confirmar su sospecha.

—Puaj… —hizo una mueca de asco, alejándose de su propio olor—. Genial, el más fuerte del Cielo y el Infierno… derrotado por su propia peste.

Dejó el cuenco de cereal a un lado y se levantó con pereza.
—Supongo que ya era hora de arreglarme un poco —murmuró mientras se estiraba, con una sonrisa ladeada—. No puedo seguir de está manera dios tengo que estirarme un poco

Entró al baño y, unos minutos después, el vapor comenzó a escapar por la puerta. Se escuchó un suave silbido y el sonido del agua cayendo. Cuando finalmente salió, su cabello blanco brillaba con un ligero toque de humedad, perfectamente despeinado —de ese modo descuidadamente atractivo que solo él podía lograr—.

Su ropa había cambiado también: camisa negra con las mangas arremangadas, pantalón oscuro que resaltaba su porte relajado pero elegante. Frente al espejo, ajustó sus lentes de lente negro con una sonrisa confiada.

—Mucho mejor —dijo, guiñándose un ojo a sí mismo—. El mundo puede estar ardiendo, pero al menos alguien aquí sigue viéndose increíble.

Caminó hacia la salida del bar, estirándose otra vez mientras se colocaba las manos en los bolsillos.
—Supongo que saldré un rato… a ver de que cosas además de esto me perdí.

Al salir del local donde vivía, Gojo quedó un momento contemplando el panorama con las manos en los bolsillos. Nada había cambiado —y, para ser honestos, no era ninguna sorpresa—: muerte, robos, crueldad y apatía repartidos por las calles como basura vieja. Aun así, había algo que llamaba su atención: una multitud de demonios apiñada frente a unas pantallas, viendo la entrevista de Charlie y la presentación del hotel. Sonrió por lo bajo. Bien por ellos; algo de orden entre tanto desastre no le venía mal (aunque lo decía con la misma indiferencia con la que uno observa un incendio).

THE HONORED ONE Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora