IX

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Estuvo perdida casi toda la mañana, vagando por pasillos que apenas reconocía. La escuela era más grande de lo que recordaba —o más bien, de lo que había leído—, y eso le hacía cuestionar ciertos eventos que, según la novela, ocurrían con naturalidad. ¿De verdad alguien caminaba desde la enfermería hasta las canchas deportivas solo para echarse en el pasto? Eso eran, fácilmente, quince minutos de trayecto. Una locura. Qué flojera.

Por suerte, nadie más intentó hablarle. Tratar de asociar rostros a nombres que solo conocía en papel era, por decirlo suavemente, agotador. Y apenas se había cruzado con una.

Lo que sí debía reconocer era que tomar clases con otros semestres tenía su grado de rareza. Aprovechando el arranque del nuevo ciclo, se había inscrito a dos recursamientos intensivos para limpiar el desastre académico que dejó la Reagan original. Si lograba aprobarlos, desaparecerían de su historial. A eso se sumaban las seis materias de su semestre regular. Ocho en total. Más adelante, metería otras dos a mitad del ciclo, y luego dos más casi al final. Le quedarían cuatro pendientes, pero si todo salía bien, con los recursamientos de verano y algún intersemestral, terminaría al día.

¿Diez materias? Una locura. Aún no tenía claro cómo iba a lograrlo, pero no podía seguir postergándolo.

El resto de la mañana fue una cadena de aulas casi idénticas, profesores con rostros que no lograba ubicar y compañeros que la miraban como si esperaran algo. Al menos dos la observaron con esa mezcla de distancia y tensión con la que uno mira a un perro que muerde y no sabe sí está a punto de volver a hacerlo. Y lo entendía.

No intentó socializar. Se limitó a entrar, sentarse, tomar notas cuando podía, y mantener el perfil bajo. Muchos de los nombres en la lista de asistencia no le sonaban. Y cuando alguien se le acercaba con un "¿cómo estás?" demasiado confiado, ella fingía dolor de cabeza o sacaba el celular como excusa.

Lo bueno —si es que había algo bueno— era que la Reagan original no era conocida precisamente por su simpatía. Eso le daba margen. Nadie esperaba de ella ni calidez ni amabilidad. Solo rudeza, o en su defecto, silencio.

Cuando sonó el timbre que anunciaba el receso, no tenía idea de a dónde ir. Tuvo que caminar un buen tramo para encontrar la cafetería. O, mejor dicho, las cafeterías. Porque, por alguna razón que escapaba a la lógica, había tres. Tres. Cada una vendía cosas diferentes. Una exageración innecesaria, pensó. Se quedó en la que tenía menos gente. No porque quisiera comer en paz —ni hambre tenía—, sino porque era la menos iluminada, la más fácil para pasar desapercibida.

Y, por unos minutos, creyó que así sería.

Estaba sentada al fondo, con una bebida sin abrir frente a ella y buscando algún video interesante que ver, cuando escuchó unas voces acercarse. No levantó la vista hasta que escuchó una carcajada familiar, demasiado cerca. Cuando alzó la mirada, ya era tarde: tres estudiantes, dos alfas y una beta, se habían instalado a su mesa como si fuera lo más natural del mundo.

—Tardamos bastante en encontrarte —dijo uno de las alfas con un leve indició de molestia en su voz, dejándose caer frente a ella —Pudiste mandar un mensaje ¿no?

Reagan parpadeó, sin saber qué responder. Ni siquiera sabía sus nombres. Solo sabía, por las memorias confusas y desordenadas que tenía de la novela, que esos eran parte de sus amigos. O al menos, lo eran de la Reagan original. Los miró uno por uno, intentando identificar si entre ellos estaba el que, por decirlo de alguna forma, era su "segundo al mando". No estaba segura, y no podía arriesgarse a equivocarse.

Así que solo hizo lo que podía: callarse, asentir como si tuviera la energía justa para soportarlos, y dejar que hablaran entre ellos. Fingió interés, como quien escucha un podcast mientras lava los platos.

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⏰ Última actualización: Jul 21, 2025 ⏰

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Calling (Omegaverse GL)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora