Capítulo 25

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Mientras las tinieblas conspiren en tu contra, él nunca te abandonará

En lo alto de una montaña, dentro de un palacio sombrío, estallaba una discusión. Habían descubierto algo que amenazaba su poder; perder sus cargos no era una opción.

—Llamen a Ares, que le tenemos un trabajo —ordenó uno de los consejeros. Un sirviente salió corriendo a cumplir la orden.

Llegar hasta el ángel caído era un riesgo: el mensajero debía atravesar el Bosque de los Susurros. Almas errantes custodiaban el lugar y atormentaban a todo ser con sus miedos más oscuros. A lo lejos, se alzaba un castillo negro con detalles góticos; era vigilado por dos guardias y un perro con tres cabezas.

—Necesito hablar con su jefe —dijo con firmeza. Uno de los guardias entró para anunciar la visita.

Mientras la montaña guardaba secretos en su sombra, en otro rincón del mundo un bosque iluminado florecía bajo la luna y las estrellas eran testigos silenciosos de la pareja que se encontraba a escondidas.

Soley temía. Sabía que su familia jamás lo aceptaría: la unión entre dos razas estaba prohibida desde siglos, grabada en piedra como una traición imperdonable. Aun así, se aferraba a la esperanza de que sus allegados comprendieran. Se equivocaba. Lucharía por ese amor genuino: él era su refugio, su héroe, aunque los demás lo vieran como un villano.

Ethan, por su parte, pensaba en el milagro que lo había llevado. ¿Qué había hecho para que el universo, algún espíritu o fuerza superior, lo guiara hacia su luz, su paz, su todo? Ella estaba ahí y eso bastaba.

Los murmullos crecían como viento entre las piedras: una paraje de dos especies distintas. Algunos se escandalizaban, otros sentían curiosidad y unos pocos guardaban silencio temiendo que los rumores fueran ciertos. ¿Cómo se habían conocido? ¿Cómo era posible si ángeles y demonios eran enemigos mortales?

Ares estaba en su despacho trabajando cuando un miembro de la servidumbre tocó la puerta y con voz calmada dijo: —Señor, un enviado del consejo desea hablar con usted.

— que pase—respondió Ares.

La puerta principal se abrió dando paso a un hombre nervioso. El interior del castillo era más tétrico que el exterior: colores oscuros, cuadros cuyos ojos parecían seguirte, y la vibra pesada que se sentía en cada rincón. El pacillo que conducía a la oficina del ángel caído se estrechaba como si el mismo castillo quisiera devorar al visitante. Al llegar a la puerta el hombre, con manos temblorosas, toco. 

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que les parece mis angelitos feliz año espero que la pasaran bien este 31 de diciembre y 1 de enero los quiero mucho

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