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—Este me gusta, te hace ver muy bien. -dijo colocando un traje gris en la cama de la ojiperla.

—¿Lo crees así? -respondió desde su tocador donde se colocaba algo de rubor.

—Si, todo te hace ver bien, tienes una bonita figura. Aunque, sabes... te he notado más delgada.

—Sigo comiendo igual.

—Pero aquí, porque yo me aseguró de que te termines todo, pero en la empresa ¿Quién sabe?

—Como lo necesario.

—Bueno. También creo que te vendría bien salir, talvez puedas aceptar las invitaciones del señor Hatake. -Hinata siguió maquillándose. —Es muy caballeroso, además de guapo.

—Otra vez con eso.

—Sí, otra vez, y te lo seguiré diciendo hasta que te animes, aun tienes juventud.

—Tengo treinta y nueve, ¿De qué juventud me hablas?

—Ni que estuvieras tan anciana. Anciana yo. Tienes que casarte, no hagas lo mismo que tu madre.

—Ya encargué unos hermosos tulipanes para el domingo. -Hinata se levantó de la silla de su tocador caminado hacia la cama.

—No me cambies el tema, cada mes cubres de flores la tumba de tu madre, estoy segura que a ella no le importaría si en lugar de eso te casaras e hicieras tu vida.

—Kanna, por favor...

—No puedo permitir que hagas eso, perder tu vida. Se que no me has contado todo, soy vieja pero no de envalde, un hombre casado, un hombre prohibido da igual lo que haya pasado, tienes que vivir.

Hinata tomo el traje que yacía en la cama para comenzar a vestirse.

—Tu padre no fue el único hombre en la vida de tu madre. -esa revelación hizo que Hinata se detuviera.

Soltó el pantalón enfocando su mirada en la señora Kanna.

—Si, así como lo oyes, tu madre no era una mujer que contara toda su vida, pero yo... como buena indagadora que soy me di mis clavados. Se que hubo un joven que estuvo con tu madre después de separarse de tu padre.

—¿Cómo se llama? -pregunto ella interesada.

—Se llamaba, el pobre falleció muy joven, de una forma muy trágica.

—¿Qué?

—El lugar donde trabajaba exploto. Tu madre no tuvo donde llorarle, al parecer lo quiso mucho.

—Eso no lo sabía.

—Claro que no, no es algo que entusiasme recordar. Después de el nadie, no hubo nadie.

Hinata reanudo su cambio de vestimenta, pensando en ese relato, se inquieto por que su madre no le había contado nada de eso, ignorándolo se apresuró.

—¿Qué tal me veo?

—Preciosa.

—Gracias...-de pronto se tambaleo como si no pudiera mantenerse en pie.

—¡Ah Hinata! Ven siéntate. -justo a tiempo la alcanzo, con cuidado la guio hasta la cama. —Voy a traerte algo.

—N-no, estoy bien, se me hace tarde.

—Esto no es normal, debes ir al doctor, ya tienes días con esto. -Hinata la miro pensando en que quizás tenia razón, hizo una cita con su médico de cabecera

*

—Hinata, como medico y como amigo, debo decirte que no estás sola.

—Dime qué es. -expreso ella de forma seria.

Mi vehemenciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora