El primer día del resto de mi vida

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Cada segundo pasaba más lento, y mi padre se consumía más rápido. Entonces, llego un día en el que no volvió a casa. Ese fue el primer día del resto de mi vida.
Me agobié, pensando en mil cosas que podían haberle pasado, desde cosas lógicas como un accidente, hasta absurdas como la abducción de los alienígenas.
¿Qué podía hacer yo en una ciudad tan grande y tan nueva para mí, y sola? Nada.
Intenté llamar a la policía, pero me habían cortado la línea misteriosamente. Y en casa no había teléfono, así que decidí ir yo misma hasta la comisaría más cercana para denunciar la desaparición de mi padre.
Recuerdo abrir la puerta de casa para salir, y recibir una patada en el estómago salvajemente. A partir de ahí, todo se volvió confuso; un pañuelo que me tapaba la nariz, mis párpados se cerraron y no se abrieron hasta seis horas después.
Tras abrirlos, no pude distinguir nada, pues estaba muy oscuro y me costaba respirar, así que era un espacio pequeño y cerrado. Estaba atada y amordazada, como en las películas que mi padre y yo veíamos los domingos por la tarde.

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