Ha llegado el día, según el posadero quedan siempre en la posada ya que es el edificio más grande de esta aldea y, por tanto, es mejor que ir casa por casa cobrando los impuestos.
Están todos listos, algunos tienen miedo pero aún así se les ve firmes y con deseos de libertad. El plan consiste en que cuando ellos entren con la bolsas donde se depositarían los pagos, saquemos nuestras armas y entablemos una lucha por la libertad. Según dicen por aquí, no son muchos los que vienen, pero vienen bien armados... Deben quedar solo unos minutos.
Abrieron la puerta con fuerza, tanta que por un momento creí que la rompieron. Eran unos quince más o menos, pero nosotros éramos al menos treinta.
- ¡¡¡Que hacéis que no estáis en fila!!! ¿Os tengo que recordar como es esto pedazo de inútiles? - gritó el que parecía el jefe de ellos.
Todos permanecimos quietos, sin mover un dedo.
- ¡Está bien! Lo haremos por las malas...
Se acercó a mí lentamente desenfundando un cuchillo de su cinturón, cuando se puso a una distancia adecuada, saqué mi espada y en un movimiento ágil le rebané el cuello.
- ¡¡¡Al ataque!!! - grité.
Entonces todos sacaron sus armas, ellos llevaban sables y hachas, nosotros llevábamos martillos y cuchillos. Fue una batalla sangrienta, uno se me acercó dispuesto a asestarme un golpe vertical con el hacha, el cual esquivé y le di tal golpe con la espada que su alarido debió escucharse por toda la aldea, mientras otro se me acercaba, veía como algunos de los míos iban cayendo, lo cual provocó más ira en mí haciendo que acabase con 5 o 6 más.
Tras terminar la batalla, observé que de los treinta y algo que éramos, solo quedábamos seis en pié. Rápidamente fuimos a atender a los heridos pero, al no tener nadie una armadura que resistiera los golpes, ninguno de ellos sobrevivió. Me alejé del pueblo, necesitaba desahogarme, lo de ser el líder me emocionaba mucho, pero supone una gran responsabilidad, todos los que han muerto, fue en parte por mí culpa...
- ¡Debí ser más fuerte joder! - gritaba a punto de llorar.
Alguien se acercaba a mis espaldas, era el posadero, uno de los pocos que quedaron con vida.
- Hijo, no es culpa tuya, todos antes de enfrentarnos a los Krazas sabíamos que podía ser el final y estábamos dispuestos a correr el riesgo.
- Pero podía haber luchado mejor, salvado a más - lloraba desconsoladamente.
- Aran, si tú no hubieras venido a ayudarnos, muchos de nosotros hubiéramos perecido por falta de alimentos, no llegaríamos muy lejos.
Dicho esto, el posadero me ofreció la mano y me ayudó a levantarme.
- Ven, vamos a la posada allí estaremos más tranquilos - dijo.
Tras llegar a la posada, quitamos todas las cosas de valor de los difuntos, por si algún día nos fuesen necesarias, hecho esto, entre todos nos dispusimos a cavar las tumbas de los caídos por las cuales estuvimos varias horas trabajando.
Volvimos a la posada los seis todos cansados y dolidos por las pérdidas pero el posadero, de buena fe, nos invitó a tomar algo.
- ¡Eh! ¿Dónde esta el perro de Derek? - dijo uno.
- ¿Quién es Derek? - pregunté.
- Aquel desgraciado que no se levantó el otro día, debió huir.
- Esta en su derecho de no querer luchar - dije.
- Aran, ¿cumpliste ya tu ansiada venganza? - cambió de tema uno de los ciudadanos.
- No, aún no, quiero acabar con Boris, el líder.
- No te voy a parar muchacho ya que tengo por seguro que no me harás caso, tengo una idea con la cual puedes llegar fácilmente a Boris.
- ¿Y bien? - pregunté.
- Podrías ponerte la armadura del líder que mataste haciéndote pasar por uno de ellos e ir a su base pidiendo una audiencia con Boris para explicarle lo sucedido aquí, entonces, cuando le tengas delante, acabas con su vida.
- ¡Eso es muy arriesgado! - exclamó el posadero.
- Pero es la única forma - contesté - que no se hable más.
Limpié la sangre del atuendo de aquel hombre y me lo puse, pesaba demasiado a ser sincero, me costaría acostumbrarme.
- Así pasarás desapercibido - dijo el que propuso la idea.
- ¡Aran, espera! - gritó el posadero - iré contigo.
- Agradezco tu ofrenda, pero no quiero perder a más amigos.
- ¡No caeré, lo prometo! - dijo con seriedad.
No me quedó mas remedio que aceptarle, era un hombre adulto de unos treinta años, de pelo oscuro y ojos claros. La verdad fue un gesto muy amable por su parte el de ofrecerse a ayudarme, aunque yo temía por su vida. Dicho esto, se vistió como un Krazas y nos despedimos de los ciudadanos restantes los cuales nos desearon muchísima suerte.
¡Boris... voy a por ti!
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The Final Travel
ActionAran es un joven soldado que vuelve a casa después de estar un tiempo al servicio de la capital, al volver a Myrael, su pueblo, no encuentra más que escombros y cadáveres... Asustado pero con sed de venganza, busca a los asesinos de su pueblo para d...
