Luneth no sabe mucho sobre sí mismo, vagabundo y desamparado, no sabe qué hacer con su vida ahora que las dos únicas personas que ha amado están muertas. Un extraño incidente hace que conozca a Milo, y éste, como agradecimiento, lo lleva a su casa...
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Milo comenzó a comportarse de manera extraña después de haber recibido una aún más extraña llamada telefónica. Luneth no había preguntado nada al respecto, como siempre, pero tenía una idea de lo que podía ser.
Veintitrés de diciembre. Una semana más y todo terminaría. Tal vez por esa extrema consciencia sobre el transcurrir del tiempo, Milo había dejado abandonado sus libros. Rara vez salían de la cama. Cuando uno de los dos lo hacía, el otro se quedaba sintiéndose insoportablemente solitario. Cuando los dos salían, paseaban por el apartamento sintiéndose demasiado fuera de lugar. No, ellos no podían estar en otro lado que no fuera en ese viejo colchón, entre esas degastadas sábanas, y con nada más encima que el deseo de permanecer siempre así.
Luneth había recuperado parte de su belleza natural. Todo el tiempo estaba limpio, su cabello peinado, sus dientes bien lavados, y la ropa de Milo, aunque le quedaba grande, lo hacía ver bien. Se veía en el espejo y apenas era capaz de reconocer al sucio vagabundo que era. Y suspiraba cuando recordaba que esa imagen reflejada tarde o temprano se esfumaría. Esa imagen era como las nubes que nunca mantenían su forma durante mucho tiempo. Pero deseaba quedarse así. Deseaba tener más que una muda de ropa, tener jabón y agua para bañarse, dentífrico para lavarse los dientes, una almohada en donde descansar su cabeza cuando estaba cansado, pero sobre todo, deseaba tener un hogar en donde alguien lo esperara.
Lo peor de todo era que sabía que su diciembre ya no terminaría. No, su diciembre se esfumaría antes de tiempo, el comportamiento de Milo se lo demostraba. Sin embargo, jamás se atrevía a preguntarle nada, después de todo, ellos dos no eran más que un par de desconocidos que bajo mutuo acuerdo habían decidido aliviar momentáneamente la soledad del otro, y en el transcurso de los acontecimientos había sucedido más que eso, pero al fin y al cabo ahí se habían quedado estancados.
—¿No te levantarás a estudiar? —le preguntó Luneth a Milo mientras, delicada y pacientemente, trazaba líneas imaginarias en su espalda desnuda.
—¿Qué son los libros comparado con tus caricias? —sonrió para sí mismo, al tiempo que se permitía saborear esos dulces escalofríos generados por esa experta mano que lo acariciaba.
—No quiero...
—Me irá bien. Además, todavía falta mucho para el examen, así que en lugar de seguir perdiendo mi tiempo entre esas viejas páginas, preferiría gastarlo contigo, haciendo eso que tan bien hacemos. —Milo se volteó, quitó la colcha que semi ubría su cuerpo y la tiró a un lado, para que de esta manera Luneth viera el resultado de sus caricias. No leeré ningún libro mientras siga así —bromeó.
Luneth enseguida se encargó del asunto. Con tan poco tiempo ya había memorizado cada centímetro de la piel del otro y sin embargo, sus caricias siempre iban cargadas de esa sed devoradora proporcionada por la curiosidad, el deseo de descubrir algo nuevo.
Esa misma tarde Milo recibió otra llamada y decidió salir del apartamento para poder hablar a gusto. La curiosidad que esto provocó en Luneth fue tan grande que por un momento decidió seguirlo, pero a medio camino detuvo sus pasos y regresó, no era de su incumbencia, diciembre se estaba acabando, ya no habría contrato alguno y si eran sus últimos días más le valía disfrutarlos. Cuando Milo regresó, Luneth se prendó de su cuerpo como un minino necesitado, luego de un par de segundos se aferró con muchas más fuerza a sus labios, hasta que nuevamente yacieron desnudo uno sobre el otro.