Luneth no sabe mucho sobre sí mismo, vagabundo y desamparado, no sabe qué hacer con su vida ahora que las dos únicas personas que ha amado están muertas. Un extraño incidente hace que conozca a Milo, y éste, como agradecimiento, lo lleva a su casa...
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Luneth había tenido toda la razón. Una vez tuvo al niño en sus brazos, Milo sintió amor, amor por esa pequeña criatura que no había pedido venir al mundo pero que ahora estaba aquí y alegraba a todos con esa ternura casi palpable que irradiaba. Ya no sentía arrepentimiento, pero el miedo seguía allí. Aunque tenía el apoyo total de sus padres y el de Luneth, siempre se veía afectado por la creencia de que, conociéndose tan bien como lo hacía, podría llegar a decepcionarlos una vez más. Y entonces, perdería todo para siempre.
El camino había sido largo. La reconciliación con Luneth más lenta de lo que él habría imaginado. Se había rehusado a mudarse con él de buenas a primeras, apenas y se veían, porque Luneth trabajaba demasiado, y cuando lo hacían, siempre estaba cansado. Por su parte, pasaba bastante pendiente de Ariel a pesar de que a Lorena le irritaba mucho su presencia, no había otra cosa que Milo pudiera hacer más que cuidarlo y estar con él todo el tiempo que pudiera.
A parte de esto, a Luneth se le ocurrió entrar a una escuela nocturna, quería por lo menos tener un diploma que le permitiera optar a un mejor empleo, sin embargo, se presentó el mismo impedimento de siempre: no tenía papeles, no sabía quién era en realidad. La diferencia yacía en que ahora sabía en dónde buscar.
Fue así como se atrevió a leer una vez más la carta que el Sr. Joe le había dejado, esa que contenía las palabras de su madre. Había una dirección escrita justo después de esa larga explicación de cómo él había ido a parar a los brazos de su madre, y la verdad, esto fue lo último que le importó. Jamás se enojó con ella o la condenó en silencio por la vida que pudo haber tenido pero que esa mujer le arrebató. Luneth seguía amando a su madre, eso nunca cambiaría.
—¿Pasa algo? —preguntó Milo al notar que Luneth no dejaba de ver el papel que tenía en las manos.
Luneth suspiró, tenía los ojos acuosos, un poco inflamados y rojizos, pero sonrió como si dentro de él cargara toda la felicidad del mundo. Fue hasta ese entonces que se atrevió a decirle todo a Milo.
Él había nacido en una familia de clase media. Había vivido en los suburbios, rodeado de tranquilidad y felicidad, fue así hasta que su padre se fue de la casa. Cuando esto sucedió, su madre biológica perdió la razón, y desde muy pequeño comenzó a maltratarlo. Sofía, su madre adoptiva, tenía la costumbre de pasar pidiendo ropa o demás objetos que esas familias acomodadas ya no querían, a veces conseguía dinero extra limpiando los jardines y los patios. Fue así como comenzó a notar el maltrato que Luneth sufría y se sintió muy impotente, porque no había nada que pudiera hacer. Pero el maltrato fue tan extremo que Sofía se robó a Luneth, se lo llevó y jamás vio atrás. Pensó en llamar a la policía, para que alguien se hiciera cargo del niño, pero ella jamás había confiado en esos torpes uniformados, ella jamás había confiado en nadie, y habiendo perdido un hijo, no concebía que esa persona que si contaba con tal bendición, cometiera tantas atrocidades.
—Creo que por esto —agregó Luneth —es que mamá siempre se esforzaba demasiado para darme de comer. Seguro se sentía culpable porque, al menos económicamente, había vivido a gusto. Me habría gustado decirle lo agradecido que estoy por haberme criado, lo demás no importa, no lo recuerdo y ni quiero recordarlo. Leo aquí que mi madre biológica sigue con vida, pero esto no me da ni frío ni calor.