Carta 3

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Querido Adam:

Decidí que, después de todo, voy a elegir los jardines de Indre y Loira para nuestra tercera carta. Sabes cuanto me gustan y lo enamorada que estoy de esta naturaleza. Ese aroma cuando íbamos por la mañana, y esas fuentes que colocaban en medio de todo ese recorrido... simplemente me encantaban.

¿Por qué lo elegí? Aquí fue nuestra primera cita, Adam.

En unas semanas cumpliré veintiséis, realmente me siento vieja. Y noto como pasaron los años, porque hace bastante tiempo que vine aquí.

Estoy caminando por estas hermosas plantas, y me siento algo abrumada. Te vi ahí a lo lejos; observando el cielo con los ojos entrecerrados, suspirando y luego sonriéndome. Siempre sonriendo.

Eras muy joven, Adam, lo eras. Eras un chico que comenzaba a ver el mundo, y se perdió gran parte de él. Tenías sueños, tenías miedos, tenías preguntas. Pero ya no, todo se esfumó contigo. Y yo estoy aquí, pensándote, soñándote, temiéndote y preguntándote.

¿Recuerdas lo que dijiste mientras caminábamos entre esas bonitas plantas? Pues, yo sí. Lo recuerdo tanto, y con tantos detalles que me asusta.

— ¿Cuál es tu sueño? —pregunté.

Me estabas mirando de reojo con tus hermosos ojos oscuros.

— ¿Eres muy curiosa?

—Usualmente —respondí para que sonrías de lado.

Nunca te lo dije, pero, ¿acaso te puedes imaginar lo que yo sentía por ti? En esos momentos tenía veinte cortos años, Adam, recién cumplidos. Y, para una chica de veinte años, las emociones eran explosivas. Estaba sintiendo el mundo cuando recién te empezaba a conocer. Hacías que me enamore cada vez más con unos simples comentarios, con unos simples gestos.

Me matabas y me revivías, Adam, realmente no puedo explicarlo. Me ponías nerviosa, confusa, exhausta, enérgica y, todas esas cosas y mucho más, me encantaban. Me hacían sentir adrenalina, me hacían sentir fuera del tiempo y espacio.

Tú no la sabías, no todo. Y yo no tuve la oportunidad de decírtelo, Adam, no tuve la oportunidad de declararme formalmente en años. No sé si en verdad te hacía falta, si nos hacía falta. Pero ahora me siento culpable por no demostrártelo.

—Mi mayor sueño es vivir —habías respondido.

—Lo estás cumpliendo —me encogí de hombros.

—Muchos sobreviven, Adeline, muy pocos viven.

Y me quedé pensando en esa frase y en ti todo el día. Me repetía una y otra vez en mi mente qué rayos tenías que me gustaba tanto.

Y hoy en día te pregunto: ¿qué rayos tienes que me gustas tanto? Porque me encantas, Adam, me tenías y me tienes loca. Hoy en día, a pesar de que estés muerto, te pienso como más que un chico lindo. Pero, te admito que te admiraba como si fueras mi verdadero ídolo.

—Pero, si somos más específicos —seguiste—, quiero tener un auto. Ahorrar y comprarlo yo mismo, mantenerlo yo mismo.

Me parecía algo loco, Adam. De una frase tan particular a ese sueño... era extraño para mí. Pero te fui conociendo, te fui entendiendo a ti y a tu vida lo mejor que pude. Entendí que era una forma de independencia. Tal vez la independencia es una forma de ser libre. Y ser libre trae problemas, pero a ti no te importaba eso, Adam, tú querías ser libre de todo y todos.

Caminaste hasta llegar a una fuente, te sentaste y yo me dirigí a tu lado mientras escuchábamos el sonido del agua. Los rayos de sol chocaron con tu rostro y me sonreíste. Entonces hiciste algo tan extraño que todavía no entiendo: me tomaste de la mano.

No sólo la tomaste como cualquier chico que me la haya tomado, la posaste sobre la tuya y comenzaste a inspeccionarla con tus dedos. La movías en diferentes direcciones y tocabas entre mis dedos como si ellos fueran una obra de arte.

En ese momento me había congelado, pensando que eras un romántico sin remedio, pero me equivoqué. Me fui dando cuenta que tú no eras muy empalagoso, simplemente analizabas mucho las cosas y, si te gustaban, las amabas con tanta fuerza que ni tú lo podías entender.

Adam, eras un chico loco, gracioso, eufórico, analizador y libre. Siempre lo quisiste y sólo yo pude ver que lo eras: eras lo que querías ser. Te fuiste sin saberlo, sin sentirlo y yo no pude enseñártelo.

— ¿Y cuál es tu sueño? —preguntaste mientras seguías tocando mi mano.

Dejé de ver lo que hacías y vi tu perfil, y te juro por Dios que sabía que me estaba enamorando.

—Publicar un libro —murmuré perdida en tus suaves caricias.

Entonces me miraste y sonreíste.

— ¿Así que tenemos una escritora aquí? —bromeaste.

—¿Qué haces? —te pregunté

Pero no frunciste el ceño, porque sabías de lo que hablaba.

— ¿Con qué?

—Nunca me acariciaron la mano...

—Te voy a decir un secreto —te acercaste y susurraste en mi oído: —me gustan tus manos.

Adam, a ti te gustaba ir a un karaoke y beber hasta cantar todas las canciones de la lista (aún me sigo riendo de eso). Te gustaba trabajar duro hasta conseguir lo que querías, te gustaba impresionar a los demás a tu genial y única manera. Ser libre y disfrutar de las pequeñas cosas, burlarte y reírte con los otros, hacer amigos y bromear todo el tiempo.

Eras un hombre impresionante, te gustaba hacer cosas normales, cosas que no eran perfectas.

No eras un príncipe, no eras un millonario, no eras un romántico de novela ni me salvaste de mi misma.

Eras una persona y me encantabas, me llamabas la atención y con eso me bastaba.

Querido Adam, dejaré esta carta en la fuente.

¿Sabes por qué? Fue ahí donde nos besamos, fue cuando tuvimos un pequeño accidente: nos enamoramos.

Te extraño con una sonrisa en el rostro,

Adeline.

Notas en Francia (Concurso UCAMA)Where stories live. Discover now