Querido Adam:
Hoy caminé con un ramo de rosas en la mano, yendo hacia el cementerio. El cementerio donde tú estás.
¿Sabes cómo se siente que todos te miren con una sonrisa, pensando que esas rosas eran para vos misma? ¿Pensando que eran un regalo para la dulce chica que caminaba con tranquilidad? Claro que no, porque tú nunca tuviste que darles flores a los muertos, Adam, yo te las entrego a ti.
Entré al cementerio y una sensación extraña invadió mi ser. No sé qué era exactamente, sólo sé que iba a salir cambiada de allí. ¿Por qué? Porque era la primera vez que pisaba un cementerio, y lo hice sola. Caminaba entre los muertos, caminaba entre miles de vidas terminadas. Entre miles de historias y sueños, de proyectos y de secretos. Entre personas que habían cerrado sus ojos para jamás abrirlos de nuevo.
Nunca te lo dije, pero una compañera de secundaria me había dicho algo extraño que siempre me perturbó en las noches de insomnio:
—Te estás muriendo, Adeline —se había encogido de hombros—. Desde que naces tienes un tiempo, tan corto que te asombras. Y aunque tengas uno, dos o cuarenta años... siempre te estás muriendo. Cada día que pasa eres más vieja, cada día que pasa pierdes tiempo. La batería se acaba, tu mundo se acaba, como el de todos.
Adam, no sabes cuánto pensaba en eso. Tuve un año de rutina, ¿sabes lo que es soportar todos los días lo mismo? Sin nada que hacer, sin nada nuevo más que trabajar y trabajar sin reírme. Fue un año que desperdicié totalmente, pero me hizo entender algo: tienes que levantarte. Hay que caminar, ir a un lugar que nunca fuiste y gritar alguna estupidez. ¿No tienes dinero? Ve y haz algo que no te atrevas. Pues, ¿por qué no atreverse? ¿Qué pasa si te juzgan? ¿Qué pasa si alguien se entromete en tu vida?
Tú lo hacías, Adam... te costaba, pero lo hacías. Ibas y evitabas meterte en la vida de los demás. Y si alguien se metía en la tuya, lo ignorabas totalmente. No sé qué fue lo que te llevó a vivir de esa manera tan única. En realidad, no sé si era única, sé que, simplemente, vivías; no sobrevivías.
Es por eso que estoy en el cementerio, trayéndote un ramo de rosas: porque estoy haciendo algo que nunca hice. Repito: nunca entré a uno, y no sé si fue una experiencia memorable, una que me hizo sentir viva y con ganas de cumplir mis sueños. Sólo sé que me atreví, me atreví a ver una lápida con tu nombre, me atreví a imaginarte con los ojos cerrados y la piel blanca dentro de un cajón.
Y me atreví a estar más cerca de tu cuerpo de lo que estuve en un año.
No quiero que te sientas orgulloso de mí, no quiero que pienses que soy una pobre mujer entregándole flores a su difunto novio (aunque sé que no lo pensarías así). Yo no quiero que pienses, sólo quiero que te acerques al ramo y las huelas. Y recuerdes cuando compramos esas rosas que yo sentí que era... yo misma. Y luego quiero que te rías. Quiero que te rías tan fuerte hasta que ese sonido llegue a mis oídos y yo me paralice de la emoción.
¿Sabes por qué quiero todo eso? Porque te quiero recordar, te quiero tener conmigo y verte una vez más. Quiero que sepas lo mucho que te extraño y lo rota que puedo llegar a estar.
En este punto estoy llorando, Adam, es extraño porque no lloré en tu velatorio. Recuerdo como todos estaban ahí: Elizabeth, nuestros amigos, mi familia y unos conocidos. Todos decían palabras o lloraban. Entonces me tocó a mí ver tu cuerpo sin movimiento en un ataúd, sin guiñarme un ojo o saltando y gritando que todo fue una broma.
Sólo te vi, Adam, te miré y no pude permitirme no recordar tus momentos. Cuando reías y hacías reír, cuando cocinabas mal o mirabas basketball. Y también te recordé llorando, hablando de tus sueños o de algún tema que te daba mucha bronca e impotencia.
Yo parecía la muerta: a mí se me pasó toda tu vida por delante.
Sé que sonó egoísta, o sea, yo no estuve ni en la mitad de tu vida. Sé que tenías familia, tenías amigos y cosas que te inquietaban y nunca me las decías.
Adam, tenías una vida y ya no. Y así es la naturaleza, ese es el ciclo al que pertenecemos todos. Es por eso que mi padre siempre decía:
—No podemos insultar a nadie por lo que es, después de todo, las personas somos lo que decidimos en vida. Pero todos nacemos y morimos, no importa el dinero que ganaste en toda tu vida. Naces y terminas como cenizas o bajo la tierra, es la realidad.
¿Sabes que duele? Duele saberlo, y duele muchísimo más entenderlo.
Los chicos, nuestros amigos, me contaron que vinieron hasta tu tumba y te compraron flores artificiales. Las vi, están muy bonitas. Aunque, hay algo curioso: también vi flores comunes y un poco marchitas.
No sé cómo tu familia se enteró de tu muerte, nadie pudo contactarlos. Sólo sé que vinieron hasta aquí para visitarte.
Con amor,
Adeline.
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Notas en Francia (Concurso UCAMA)
Historia CortaLuego de un año de la muerte de Adam, Adeline decide volver a Indre y Loira para despedirse oficialmente de sus recuerdos y comenzar de nuevo. Ella empieza a escribir cartas y dejarlas en diez lugares distintos. Lugares que él y ella compartieron...