Carta 5

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Centro Indre y Loira

Centro Indre y Loira

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Querido Adam:


Me acuerdo perfectamente lo que hicimos luego de nuestra pequeña pelea: nos dirigimos al centro. Sabía que te encantaba, tu rostro al observar todas esas construcciones y ese brillo en los ojos al analizar a todas las personas allí. Tenías emociones, tenías sueños. Y ya no están, se esfumaron contigo cuando te fuiste, Adam, ya no hay brillo en los ojos, ya no hay esperanza. No hay nada.

Pero hay recuerdos y, sé que no puedo vivir de ellos, sí que me hace sentir bien. Me hacen pensar que todo está como antes, todo está excelente. Y no es verdad; es toda una ilusión, una tremenda farsa que me juega mi mente.

Nos habíamos parado frente a una florería, observamos el enorme jardín detrás sin tomarnos de las manos. ¿Sabes por qué comento eso? No es que me interesara o algo por el estilo, pero es algo que me decía mi hermana:

—Ustedes son raros —había reído ella—. Se hacen bromas, pero no son tan demostrativos... son geniales.

—Tal vez bromear es nuestra forma de demostrar —sonreí.

Contigo entendí que no era necesario tomarte de la mano, entendí que no era necesario aferrarme a una persona y no pensar en mí. Entendí que lo único que hacía falta es un sentimiento: el amor. Es como un combo, todo lo necesario está incluido en él. A mí me bastaba tu mirada, tu diversión y optimismo, tus bromas, tus preguntas.

En ese tiempo yo estaba un poco mal y lo sabías. Siempre estaba imaginando en qué pensarían las editoriales sobre el libro que mandé, y tú me sonreías y tratabas de tranquilizarme.

—Eres fuerte, Adeline —asentías—. Si no te aceptan son unos idiotas.

No sé si lo pensabas de verdad, Adam, pero no lo soy. No sé si soy fuerte, no sé si soy débil. No me quiero limitar a significados que no dicen nada, quiero ser más. Quiero expandirme, porque me siento como una montaña rusa; voy rápido y cuando paro, todo da vueltas. No sé que soy, no sé qué pasa.

—Seguro —murmuré yo observando perdidamente unas rosas.

Adam, no me fascinan las flores. Sólo me gustan, tampoco serían mi regalo ideal. Pero, al ver ese ramo, me sentí yo, me vi a mi misma. Extraño, lo sé, pero sucedió. Y tú, de alguna forma, lo sabías.

— ¿Te gustan? —preguntaste.

—Sí —asentí mirándolas fijamente.

Estaba perdida en unas hermosas flores, en un hermoso ramo.

Y estaba perdida en ti. Estaba loca pensando en tu cabello, en tus ojos, en tu sonrisa, en tu voz, en tus ideas, en tus expresiones alarmantes. En todo lo que tenga que ver contigo. Me hacías vibrar, me hacías pensar más allá de la lógica y la realidad.

Y te fuiste, todo eso muerto, sin vida en el mundo. Pero como una luz brillante en mi alma.

Todavía brilla, Adam, brillas más que nunca en mi interior. Pensaba que iba a ser un dolor efímero, pero me equivoqué. Siento a mi corazón desgarrarse y tú lo miras, y no puedes hacer nada. Y yo no derramo ninguna lágrima, tratando de ser algo sin significado. Tratando de ser una novia sin novio, pensando en mí.

Te juro que lo haré, Adam, mejoraré. No me hundiré, y no lo haré por ti. Tú me conocías, sabías que yo iba a pensar en mí y no me dejaría consumir.

—Pues, hay que comprarlas —dijiste con una sonrisa.

No esperaste mi respuesta: fuiste y compraste el ramo entero. Me asombré de tu reacción, no porque fueras tú o algo extraño, sino porque nunca lo pedí. No pedí que me compraras un ramo de rosas Adam, no pedí que seas el hombre perfecto. Y tú fuiste y lo intentaste.

Eras asombroso. No eras un artista o el chico de ensueño, no eras un chico decente que le gustaba beber té. No eras un chico malo que le gustaba romper corazones, ni un filósofo incomprendido.

Tú simplemente tenías sueños y metas, tenías esperanzas en el mundo y un buen sentido del humor.

Y no estás.

Estoy en la florería donde las compramos, Adam. No sé dónde quedó nuestro ramo, seguro murió contigo. Y es por eso que voy a entrar temblando y buscar otro igual. Mañana me atreveré a ir contigo y regalártelo.

No me permitiré llorar, no en frente de alguien. Porque, ¿acaso saben lo que es tener algo de esperanza y que se vaya? ¿Tener una ilusión, un poco de luz, y que se vuelva oscuridad? Y, no sólo que sea oscuridad y me miré, sino que se vaya, que se aleje.

Amas algo de una manera irreal, de una manera que nadie más comprende. Y se va. Se aleja, te dice que lo sigas, pero te quedas. Te aferras a algo, te aferras a la vida, te aferras a ti.

Y lo ves alejarse, sientes que su alma se despide de la tuya y tú suspiras pesadamente al notar que ya no hay nada.

Nada. ¿No te da miedo esa palabra, Adam? Porque a mí sí. Es tan grande en mi imaginación que puede llegar a ser un temible monstruo.

Imagínate una nada. Sin mundo, sin sistema solar, sin galaxias ni espacio. Sin un color que lo describa y ni un alma rondando en soledad.

Y entonces caigo yo. Caigo y caigo y no logro tocar nada, porque no hay nada.

Ni siquiera estás tú.

Dejaré esta carta dentro de la florería, y tengo el presentimiento de que alguien la leerá.

Y ese no serás tú.

Siempre con amor,

Adeline.


Notas en Francia (Concurso UCAMA)Where stories live. Discover now