Ayahuasca en retoñar

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Recuerdo que cuando me la presentaron, era para mí como cualquier otra droga que a la larga termina perjudicándote, acabando con tu dinero si no acaba contigo primero; pero luego de escuchar algunas experiencias comencé a sentirme intrigada por las posibilidades psicoactivas de la planta.

Luego de probarla por primera vez, pude deducir por qué para muchos es una medicina, o una terapia exclusivamente necesaria para su sanación. Al principio la entendí como una herramienta que potencia la capacidad de nuestro cerebro a un punto en el que vemos más claras las cosas, como si nos volviéramos dos individuos: uno de ellos está acaparado por las emociones de cada día, por miedos, obsesiones y prejuicios; pero el otro es objetivo y te presenta soluciones en metáforas visuales, te explica por qué alguna parte de tu cuerpo te duele y te enseña cómo debes tratar a las personas que te rodean. Es como si una parte, normalmente ignorada, muy adentro de nosotros finalmente tuviese la oportunidad de explicarnos quiénes somos y qué debemos hacer para encontrar nuestra paz.

Así la vi por un tiempo, hasta que decidí tomarla por segunda vez. Mi experiencia fue totalmente diferente, tuve visiones que no supe cómo explicarme, tuve miedo, náuseas, confusión. Me recuerdo entrando en un túnel, yo caminaba al ritmo de los cantos de mi guía y a ese mismo ritmo vi cómo la pared se volvía roja y enterrados en ella se encontraban esqueletos pequeños. Uno sobre otro, blancos y acurrucados. Eran de animales, de humanos, de insectos y de criaturas que nunca he visto. Llegué a un punto en el que me daba cuenta de que no había salida, había llegado hasta el final y ya no podía regresar. El túnel se derrumbaba detrás de mí, los esqueletos caían amontonados y se rompían por la fuerza de la caída de las piedras. Qué va a ser de mí, me preguntaba, qué hago. Sentí el peso de mis párpados y escuché a mi guía gritándome que abriera los ojos.

Después de esa sesión, no sentí el bienestar habitual en el que te deja la planta, ni creí haber entendido algo sobre mí o sobre mi vida. Estuve muchos días preocupada y sentía que al peso del mundo lo tenía encima, que yo era la responsable de nuestro destino, que yo sabía lo que pasaría si no hacíamos nada por cambiar. Sabía que nuestra extinción estaba cerca.

Analicé por muchos meses lo que había visto. Escribí mis visiones, las dividí por partes y traté de encontrar el significado de su simbología. Me embarqué en extirpar el mensaje escondido en todas las cosas que vi. Y fue entonces que comprendí, no era ninguna parte ignorada dentro de mi conciencia, no era una voz interior, no era mi yo objetivo el que me hablaba para hacerme entender las cosas. Había algo más, una fuerza, una entidad, alguien que me llamaba con urgencia y me pedía que pusiera atención, que escuchara y lo ayudara a transmitir una llamada de atención.

Así que decidí volver, tomarla de nuevo y escuchar lo que fuera quien fuere me quisiera decir. Quizá por una hora estuve adentrándome en un bosque brillante, iluminado por sí mismo, con plantas grandes y de diversos colores. Sentí que caminaba en cuatro patas, despacio como si fuera alguna especie de felino. Los cantos de mi guía se escuchaban muy lejos y yo me sentía parte de ese mundo selvático.

Fue entonces cuando sentí el impulso de saltar dentro de una planta translúcida. Al hacerlo me encontré con una luz pequeña, pero brillante como cien soles. Esa luz me habló, no sé de qué forma, ni en qué idioma. No podría transcribir sus palabras si así lo intentara. No podría decir siquiera si tenía una voz. Pero puedo, de la mejor forma posible, hablar de lo que aquella luz me explicó.

En un principio los humanos estábamos desprovistos de egoísmo, compartíamos, cada uno, lo que encontráramos. Pero pronto llegaron los reinados, llegó el dinero, llegó la individualidad. Nos olvidamos de quiénes éramos, nos olvidamos de la Tierra, nos olvidamos de los animales. Nos olvidamos, incluso, de esa luz de cien soles. Nuestros pensamientos se volvieron despreciables y nuestro comportamiento, indigno. Así llegaron a nuestros cuerpos las enfermedades, a nuestras emociones llegó el odio, y a nuestra visión se le escapó el espíritu.

Deben renacer, me dijo la luz, ya muchos hombres lo han dicho y predicho. Volver a nacer es su punto de partida. Debemos olvidarlo todo, perdonarlo todo, desecharlo todo. Debemos tomar cada idea desde adentro, y entonces, ver al mundo desde nuevos ojos, y tomarlo con nuevas manos. O dime entonces, sino, ¿qué será de nosotros?

Cerebros (completa)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora