|ISOBEL|
La noche había terminado al fin. Y tras llevar a Darien a su casa, fui rápidamente a mi casa en busca de refugio y soledad.
Vivía en un amplio apartamento en la cima de un lujoso edificio de la ciudad. A pesar de la elegancia, había cierta frialdad en cada rincón que mis esfuerzos nunca pudieron quitar. Al ingresar junto a Abbie, el silencio nos dio la bienvenida haciéndonos saber que nuestro padre no estaba. Sería otra noche de largo trabajo, o quizás no, pero eso sería lo que diría en cuanto le preguntara.
Mi padre se había separada de la mamá de Abbie, volviendo a la soltería con otra relación arruinada por su amante número uno: su trabajo. La mamá de Abbie nunca me había caído bien, pero no podía negar que me entristecía que mi hermana tuviese que pasar por lo mismo que yo. Si había algo bueno en todo esto, era que ella pasaba mucho tiempo conmigo y yo estaba siempre para ella cuando me necesitaba.
Me quité los zapatos de tacón y me adentré por la sala, directamente hasta mi habitación. Le eché un vistazo a una de las paredes laterales, donde se encontraban numerosas fotografías de viajes, paisajes y de personas que había tomado. Había algo en mí que encontraba paz al contemplar mi propia obra.
— Izzie —me llamó Abbie. Ella ingresó a mi habitación vistiendo su pijama a rayas, y se sentó a mi lado, contemplando las fotografías.
— ¿Qué sucede? —pregunté en voz baja, melancólica.
— Entonces, Darien es primo de Claire. De ahí se conocen... —murmuró, posando su rostro sobre sus manos y mirando con suspicacia las imágenes— ¿Es por él, por quién lloras a veces? —preguntó. Su tono era íntimo pero curioso, con cierta preocupación y tristeza.
Volteándome hacia ella, la observé un instante, deseando volver por un momento a tener esa edad. Mi vida no era fácil pero al menos tenía mi corazón asegurado contra cualquier tipo de daño. Sonreí con tristeza y negué.
— No lloro por él, lloro por mí —respondí—. Por todo lo que ha quedado atrás —terminé la frase en un susurró para no romperme. Mis ojos se llenaron de lágrimas y me obligué a mantener la compostura.
Abbie me abrazó fuertemente y me aferré a ella para no pensar en lo que no había sido. En la parte de mí que perdí tras volver de Europa, que nunca recuperaría y pese a los esfuerzos, no podía olvidar.
— Prométeme algo —dije, tomando el rostro de Abbie y mirándola firmemente. Ella asintió lentamente con precaución—. Prométeme que intentaras ser feliz y aunque haya dolor en tu vida, siempre seguirás adelante. Uno simplemente no se puede rendir, pudriéndose en la tristeza sin hacer nada para cambiar. Los Novak no nos rendimos, nunca —agregué.
Sus ojos eran grandes, serenos y cálidos. Me transmitían la calma y contención que necesitaba.
— Por supuesto, hermana —ella me sonrió, y suspiré profundamente, depositando un beso sobre su frente.
Aquella noche dormí tranquila tras tanto tiempo. Abrazada a Abbie, y olvidándome de lo que no fue.
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Estaba llegando tarde. Lo sabía y me sentía horrible por eso.
Los tacones resonaban deprisa a través del interminable pasillo hasta que me detuve precipitadamente frente a un espejo para ver mi aspecto antes de entrar al buffet de abogados. Me había costado un poco de tiempo verme madura y elegante pero había valido la pena.
Llevaba un vestido color vino que caía ondulante sobre mis rodillas, y me daban una apariencia sofisticada y al mismo tiempo bohemia. Mi pelo estaba recogido en una tirante coleta, resaltando mis ojos. Además, llevaba cartera negra y mi maletín.
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Besos en el cuello
General FictionIsobel detestó a Darien desde el primer momento en que lo conoció. Darien se intrigó en Isobel desde que puso los ojos en ella. Algunas relaciones están destinadas a ser efímeras, y otras a traspasar las barreras del tiempo. 1º Edición Agosto 2015 2...
