|DARIEN|
De nuevo en Clemencia nos sumergimos en la tarea de intentar remontar nuestros sueños. Aquel proyecto que había nacido hacía años y que había cobrado mucha fuerza a pesar de todos los obstáculos.
Ese proyecto era todo lo que queríamos para nuestra vida, e intentaríamos concretarlo. Aunque eso significara trasnochar para crear ideas, llamar contactos con menos vida social y personal que nosotros, y planificar una estrategia para salir victoriosos.
Esto había cruzado la línea de lo sensato, y era totalmente pasional. Era una guerra; nuestros sueños y metas versus el destino y obstáculos. Podía llegar a correr sangre, pero esperábamos no ir tan lejos.
La empresa que Alain contactó, tenía ganas de trabajar con nosotros y por eso mismo debíamos dar nuestro mejor esfuerzo en la causa.
— Creo que estoy ciego —susurré, mientras giraba en mi silla de escritorio con los brazos cruzados sobre mi cara.
— Si después de esto nos contratan, habrá valido la pena que pierdas la visión —comentó, y lo hubiese mirado venenosamente si no estuviese tan cansado.
Emití una serie de sonidos evidenciando mi desaprobación pero él estaba ocupado ordenando mi habitación y mandando mensajes. La música sonaba de fondo suavemente para ponerle un poco de onda al ambiente, porque si no fuese por la música, me habría cortado las venas con alguna hoja de apunte.
A Alain no le gustaban mis gustos musicales; él prefería algo más electrónico y demencial, pero estábamos en mi territorio. Me encantaba poder ganarle en algunas cosas.
— Entonces —dije, apoyando mis pies sobre el escritorio y con los ojos cerrados—, ¿podemos hablar de tu verdadera razón por la que estás acá? —pregunté.
Sentí su mirada sobre mí. Una mirada que me decía que estaba hablando puras tonterías y desvariaba. Él quería poner en duda mi salud mental para zafarse de sus responsabilidades y decisiones. Siempre hacía lo mismo. Esa y la de enmascarar la verdad en bromas eran sus técnicas para no admitir la realidad. Tenía que reconocer que en eso ambos nos asemejábamos bastante.
— ¿Y por qué vine entonces? — inquirió en tono burlón.
— No por qué sino por quién —le aclaré—. Melisa es su nombre —agregué.
Alain no respondió. Quedó sin palabras y eso no ocurría siempre. Lo miré bajo mi brazo; con la mirada perdida sobre el suelo, su mandíbula estaba tensa y su cuerpo bien erguido. Él no necesitaba erigir una coraza ante mí, era su amigo y hablábamos de todo, pero entendía que quería quedarse temas para sí mismo. Pero debía saber que estaba seguro acerca de lo que vendría.
— ¿Cómo lo supiste? —preguntó.
— Izzie me habló sobre los deseos de Mel de tener hijos y las dudas sobre el tema. Sobre todo, acerca del donante. Tú te has vuelto muy amigo de ella con los años, creo que ni siquiera yo te conozco tanto como ella a ti. Y tu viaje a Clemencia, me trajeron dudas. ¿Por qué la necesidad de estar los dos en el mismo lugar para hacer un trabajo, cuando eso no fue nunca un problema?
No respondió de inmediato. Me acomodé sobre la silla para contemplarlo con análisis. Él se notaba pensativo, preocupado y consternado. Estábamos metiéndonos en un territorio prácticamente inexplorado, el de ser dos personas maduras que hablan de sus sentimientos y pensamientos.
— Puedes hablar, no soy quien para juzgarte —murmuré sonriendo con pesar—, ya sabes. Soy el chico enamorado de la misma chica por más de diez años y que nunca supo cómo avanzar adecuadamente —agregué y lo vi sonreír bajo el manto de oscuridad.
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Besos en el cuello
Ficción GeneralIsobel detestó a Darien desde el primer momento en que lo conoció. Darien se intrigó en Isobel desde que puso los ojos en ella. Algunas relaciones están destinadas a ser efímeras, y otras a traspasar las barreras del tiempo. 1º Edición Agosto 2015 2...
