Pero ni Albeiro era capaz de matar a nadie ni Catalina quería esperar a que pasaran cuatro años para entregarse a él. Su adolescente novia pensaba en cosas distintas. La escena de sus compañeras de curso subiéndose a las camionetas de los traquetos, las motos que ellos les regalaban, sus ropas costosas y de marca, su derroche de dinero en la cafetería del colegio del que, incluso ella,resultaba beneficiada los primeros días de la semana y las carcajadas reprimidas que lanzaban desde los corrillos que armaban en las esquinas del barrio cada lunes en la noche contando sus hazañas sexoeconómicas, terminaron por alterar sus sueños. Ahora ella quería ser como ellas, pertenecer a un traqueto para vestirse como sus amigas, llevarle mercados a su mamá, como sus amigas les llevaban mercados a las suyas y, por sobre todas las cosas, lucir tan espectacular como las modelos de Medellín, de cuyos afiches las paredes de su cuarto estaban tapizadas. No concebía otra manera de clasificar en el gusto, exigente por cierto, de estos personajes acostumbrados a poseer el cuerpo y la conciencia de la niña que quisieran al precio que fuera. Por eso, el día en que el Titi la rechazó, Catalina entró a su casa llorando de rabia y se encerró en el baño a rezar para que a Paola le fuera mal en la finca para donde se la acababan de llevar. Sus rezos no surtieron efecto. El lunes siguiente, como a eso de las 8:00 de la noche, su contrincante llegó sonriente con varios paquetes llenos de ropa, mercado para su mamá y zapatos para sus hermanos. Catalina seguía muriendo de envidia, pero más pelusa sintió cuando Paola les contó a ella y a sus amigas que el Titi le acababa de regalar dos millones de pesos para operarse la nariz. Todo por no tener las tetas grandes, pensó, y se quedó callada mientras Yésica cobraba la comisión al tiempo que Vanessa y Ximena, otras dos amigas de la cuadra, le formulaban preguntas íntimas sobre el Titi. Que cómo lo hacía, si era velludo o lampiño, si tenía aberraciones o no hablaba, si las ponía a acariciarse con otras mujeres.
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Sin senos no hay paraíso
Teen FictionA sus trece años, Catalina empezó a asociar la prosperidad de las niñas de su barrio con el tamaño de sus tetas. De modo pequeñas, como ella,quienes las tenían tenia que resignarse a vivir en medio de las necesidades y a estudiar o trabajar meseras...
