Capítulo 5

3.9K 45 10
                                        

Desde entonces Catalina comprendió que ponerse bien buena, antes la escasez de busto, la ignorancia espiritual y la lujuria desmedida de los mafiosos, suponía adelgazar de cintura, agrandar sus caderas, reafirmar sus músculos, levantar la cola, alisar su cabello con tratamiento de toda índole, cuidar su bello rostro con mascarilla de cuanto menjurje le recomendarán, desteñido con agua oxigenada todos los vellos de su humanidad, depilarse cada tercer día la piernas y tostar su piel bajo el sol o dentro de una cámara bronceador hasta hacerse brotar manchas cancerosas que ellos pudieran confundir con pecas sensuales.

Ella no lo sabía, porque su pesimismo le hacía creer que a sus catorce años ya había terminado de crecer, pero existía la posibilidad de que los senos le crecieran un poco más durante el desarrollo o luego de su primera relación sexual. Pero la necesidad de no sentirse inferior a las demás niñas del barrio o la mera envidia de verlas contando dinero, fue lo que la impulso a pedirle a Yesica que le consiguiera un paseo con el Títi a sabiendas de que en su finca de ensueño maldito dejaría su virginidad colgando de una hamaca o flotando en la piscina junto a una gran variedad de latas de cerveza desocupadas. Así se lo advirtió Yesica antes de concretarle la fallida cita y así lo asumió ella, pensando más en la dicha de un futuro seguro que en el dolor de un presente incierto.

La virginidad de Catalina era famosa en el barrio e incluso en algunos sectores populares de pérdida. Alberto, su enamorado de siempre, su único novio desde los once años, contaba los días que le faltaban a la niña para cumplir la mayoría de edad, porque ella le tenía prometido que ese día le entregaría su inocencia, después de entrar a un discoteca por primera vez y luego de introducir su cédula de ciudadanía en una billetera rosada de Hello Kitty, de las que, seguramente, le regalaran tres o cuatro, en su fiesta de quince años que aún no estaba cerca. Al menos eso añoraba para su vida en el fragor de sus sueños infantiles. Mientras transcurría esos más de cuatro años que lo separaban de la dicha, Albeiro la cuidaba como su bien más preciado y juraba ante sus amigos, con su amenaza implícita, que a quien se atrevería a pretenderlo, a tocarla o tan solo a mirarla con morbo, podría irle muy mal.

Foto del enamorado de Catalina. Perdonn el atraso no me acordaba la contraseña ojalá le allá gustado este capítulo, Por favor me pueden seguir en mi instagram  Cherrybet_

Sin senos no hay paraísoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora