Capitulo 7

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Que si era buen polvo o se desconcentraba, si lo tenía grande o pequeño, si era veloz o demorado, que cuántos en la noche, que si se quedaba dormido luego del primero o se ponía a fumar después, que si se quitaba toda la ropa o lo hacía con las medias y la camisa puestas, que si acariciaba o iba directo al grano, que si era cariñoso o brusco, que si sabía muchas posiciones o sólo las dos convencionales, que si la hizo bajar o le había bajado a ella, que si usaba condón o lo sacaba antes de venirse y que si gritaba duro,pasito o no gritaba. Paola respondió algunas de las preguntas y Yésica el resto. Catalina grabó en su memoria la conversación sin entender algunos puntos y se marchó de la reunión, cabizbaja y sin despedirse. Yésica les explicó a sus otras tres amigas que esa depresión se le pasaría cuando supiera lo que era bueno. Pero no se refería al sexo sino al dinero. Las tres entendieron, muertas de risa, la premonición y se quedaron planeando con su patrona la próxima salida. Al día siguiente y atendiendo el consejo de mejorar físicamente mientras conseguía el dinero para agrandarse el busto, el reloj despertador de la casa de Catalina, dentro del cual una gallina daba picotazos a la nada, sonó con estruendo a las cinco en punto de la mañana. Doña Hilda quedó sentada de un brinco y su hermano Bayron se tapó la cabeza con una almohada alegando con la voz enredada por el letargo: —¡Deje dormir piroba! —fue lo único que atinó a decir, antes de lanzar sobre el despertador una botella de cerveza a medio consumir que se encontraba ladeada en su mesita de noche, sin lámpara, donde no cabía un papel ni una colilla de cigarrillo ni un cachivache más. El reloj cayó al suelo estrepitosamente y al revés, pero la gallina siguió dando picotazos, ahora hacia arriba, pero igual: comiendo nada. —Bayron, usted me paga el reloj, ¡o no respondo! —le gritó Catalina llorando de rabia, pero él se defendió con rudeza: —Quién la manda a poner a cantar ese puto gallo tan temprano, malparida. Y mientras Catalina recogía y trasladaba los vidrios del reloj y de la botella, en medio de lágrimas de rabia y de pesar, su mamá buscaba la manera de entenderla: —¿Para dónde es que se va a estas horas, mija, si ni siquiera ha salido el sol, ah? —A trotar mamá. ¡Necesito hacer ejercicio! —respondió a oscuras ocultando su llanto. La mamá pensó decirle que el ejercicio no servía para nada porque, con seguridad en unos meses quedaba embarazada y se le dañaba el cuerpo tal como le sucedió a la hija de una amiga suya, pero se abstuvo de hacerlo por no darle más alas y prefirió callar. Cinco minutos más tarde, con una sudadera gris ceñida al cuerpo y un tinto frío dentro de su estómago, Catalina se encontraba trotando por la avenida 30 de agosto rumbo al aeropuerto de Pereira, cuyos alrededores escogió como meta.

Foto de ximena

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