Con excepción de la música, el humo de cigarrillo que inundaba el lugar lo atenuaba todo: las luces robóticas de colores persiguiendo cabezas, la belleza de las mujeres, las sombras de algunos cuerpos danzando al ritmo de los bajos, las protuberancias que dejaban las armas en las pretinas de algunos pantalones masculinos, las bailarinas forradas en sugestivas telas blancas satinadas y enjauladas en celdas de madera provocando a la clientela, las meseras deambulando como carros sin freno por el salón y haciendo malabares con una bandeja repleta de licores y bebidas. Lo único que permanecía incólume ante el humo era la música estridente que hacía saltar los corazones de quienes pasaban cerca de las columnas de sonido, algunas de las cuales alcanzaban los dos metros de altura.
En la discoteca de marras, las mesas estaban distribuidas alrededor de una pista de baile redonda y llena de incrustaciones de luces multicolores en el piso. Sin embargo, algunas de ellas, semiescondidas y sospechosas en los rincones del lugar, parecían reservadas, a perpetuidad, a personajes de quienes sólo se advertía su silueta mezclada con humo, carcajadas y constantes timbres de teléfonos celulares. Parecía una paradoja porque en las noches de poco ajetreo, las mesas principales, las que rodeaban la pista y por lo mismo las más apetecidas, permanecían desocupadas mientras que las del fondo, las que servían de cómplice a ciertos clientes densos, permanecían ocupadas. Eran las mesas de los traquetos. Estaban enclavadas cerca de una salida secreta de emergencia por donde entraban los suministros para el lugar y se hallaban alejadas de la entrada principal. Estas mesas eran propicias para no dar cara, para advertir la llegada del enemigo, la entrada de la policía, para medir la fidelidad de las mujeres. En una de ellas se encontraban el Titi y Clavijo con sus novias oficiales, las hermanas Ahumada. El primero con Marcela y el otro con Catherine
Las Ahumada, sin duda alguna, eran las mujeres más hermosas de Pereira y, nada de raro tiene que, de la tierra entera y sus alrededores también. Por sus rostros perfectos y cuerpos esculturales nada tenían que envidiarles a las modelos y reinas más famosas y bellas del país y del mundo. Marcela, por ejemplo, parecía la encarnación de la Virgen María, sólo que su melena era mucho más larga, brillante, lacia y rubia. Tan lisa como un mantel de terciopelo, tan brillante como un resplandor del sol sobre una carretera de asfalto en verano. Tocaba moverlas para no confundirlas con estatuas de cera con sus detalles exactos y la piel perfecta y sin defecto alguno. Sus ojos amarillos y profundos y sus párpados amplios, del color de la arena, parecían un remanso paradisíaco del que difícilmente se podía salir con el corazón ileso. Sus pestañas eran tan largas, pobladas y encrespadas que lucían como una palmera incólume en una playa sin viento. Sus labios parecían un par de fresas pegadas y sus dientes, organizados con arte, parecían el teclado, sin sostenidas, de un piano nuevo. Aunque no era de gran estatura, su cuerpo parecía una escultura en mármol de Carrara firmada por Miguel Ángel. No existía cintura más pequeña, ni senos más grandes, ni caderas más carnosas y cadenciosas ni piernas más contoneadas ni cola más redonda y levantada que la de ella. Su hermana Catherine, por su parte, en su todo, era más hermosa que Marcela.
Al ver a las Ahumada sentadas en las piernas del Titi y de Clavijo, cualquier juez imparcial, cualquier agente de la DEA, cualquier humano desprevenido, cualquier policía mutilado o cualquier damnificado de la guerra contra los mafiosos podía llegar, con total facilidad, a la novedosa conclusión de que el problema del narcotráfico no era el envenenamiento de millones de personas en el mundo entero; ni la descomposición familiar de los hogares de millones de drogadictos; ni la fuga de divisas del erario de los Estados Unidos; ni los cientos de jueces, policías y periodistas asesinados en México y Colombia; ni los miles de funcionarios públicos y privados infiltrados por el dinero sucio de la droga; ni las aduanas envilecidas; ni la financiación de las campañas políticas con dineros ilícitos; ni la inclusión de militares y policías en las nóminas de los capos; ni el muchacho enloquecido pegándole a la mamá y vendiendo las cosas de su casa para pagar su dosis de crack, éxtasis, marihuana o cocaína; ni la descomposición moral de la nación; ni el desmoronamiento ético de todas las instituciones del estado; ni la creación de una clase emergente, económicamente muy poderosa, con ansias de poder político; ni la obsesión de los narcos por la tierra; ni las masacres y purgas internas entre los carteles de la droga; ni el éter, la acetona y el ácido sulfúrico destruyendo las neuronas del cerebro; ni paramilitares y guerrilleros cuidando cultivos y vendiendo coca para financiar la guerra. No, ninguna de las anteriores. Al ver a las Ahumada sentadas en las piernas del Titi y de Clavijo, uno podía deducir, con muchas posibilidades de acertar, que el problema del narcotráfico era tan solo un problema de física envidia.
Al menos, eso era lo que decían el Titi y Clavijo con su muy mal sentido del humor cuando se emborrachaban y buscaban justificaciones al odio que despertaban.
—Lo que pasa, hermano, es que esos hijueputas —decía el Titi refiriéndose a los políticos honestos, a los funcionarios de la embajada estadounidense, a los curas que no construían iglesias con su dinero, a los militares incorruptibles, a los ciudadanos indignados, a todos nosotros— se mueren de envidia porque nos podemos levantar la vieja más linda, podemos montarnos en el carro que se nos dé la gana y podemos comprarle la cabeza al que queramos. Como ellos no pueden hacer lo mismo
—De acuerdo —decía Clavijo medio embriagado y agregaba:
—Los que nos critican y nos persiguen son los que no han comido de nuestra plata —bebía un trago y continuaba— pero, apenas les untas la mano, te endiosan, no hallan dónde ponerte y después se vienen para este lado y ya te quieren sacar del negocio.
Las Ahumada asentían con la cabeza ante cada aseveración de sus novios con el solo fin de dar a entender que estaban enten diciendo algo de lo que en realidad no entendían un carajo por haber dedicado todos los años de su juventud a cultivar el cuerpo, la cara y el cabello y no el intelecto y los buenos modales como lo hubiera hecho cualquier niña que tuviera mamá en este mundo. Ahí radicaba el problema, en que ellas no tuvieron mamá.
ESTÁS LEYENDO
Sin senos no hay paraíso
Novela JuvenilA sus trece años, Catalina empezó a asociar la prosperidad de las niñas de su barrio con el tamaño de sus tetas. De modo pequeñas, como ella,quienes las tenían tenia que resignarse a vivir en medio de las necesidades y a estudiar o trabajar meseras...
