Que los hombres, todos, sin excepción alguna, especialmente los narcos, los políticos, los artistas y los deportistas e incluyendo curas, pastores, místicos, religiosos, profesores de ética, consejeros espirituales, psicólogos, escritores y ancianos decrépitos, eran una partida de hijueputas, mentirosos, lujuriosos, fornicadores, asolapados, cínicos y tacaños, que no podían ser fieles porque una sola vagina los aburría. Que ésa era su naturaleza, que cambiarla era imposible, que su poligamismo no tenía remedio y que la mujer que no aceptara compartirlos terminaba enloquecida.
Continuaba su crudo concierto de realismo añadiendo que los hombres se encoñaban cuando las mujeres les besaban el pene mirándolos a la cara con las pestañas pegadas a las cejas. Decía también que los hombres se avergonzaban de las niñas feas y que por eso no daban un paso a la calle sin una vieja operada de la pantorrilla a los labios pasando por los glúteos y las tetas. Que los hombres se volvían unos animales en la cama cuando las mujeres les pedían más cuerda o les manifestaban su satisfacción y que agonizaban de ternura al verlas caminar desnudas, de espaldas a ellos con sus camisas puestas o cuando se ponían a llorar por algo insignificante. Que la mejor manera de ahuyentar a un hombre era pidiéndole que se casara o pidiéndole un hijo y que a un macho no lo amarraba ni el putas, a menos que él mismo se quisiera amarrar de manera voluntaria. Que por su machismo los hombres podían estar con muchas viejas y que para ellos eso era sinónimo de hombría, pero que una mujer no podía estar con varios tipos porque para ellos, la que hiciera eso era una puta y que a los hombres de esta época ya no les gustaban las putas, aunque de putas estuvieran rodeados sin imaginarlo siquiera.
Desde luego, Yesica que ignoraba que ella y sus amigas se estaban volviendo putas, no se refería con estos términos y calificaciones a todos los hombres del mundo sino a los únicos que la vida les permitió conocer hasta ésa, su corta edad: los narcotraficantes. Seres muy básicos, sumamente ambiciosos, enfermos por la plata, adoradores del dinero fácil, prepotentes, inundados de ego y vanidad, delicados, no por sus modales sino por su intolerancia, infieles, mujeriegos, bonachones y mentirosos. Semidioses de un Olimpo imaginario y ficticio, parranderos sin medida, muchos de ellos viciosos y enviciadores, malvados, sin escrúpulos, voraces, altaneros, incapaces de sortear la soledad o una crisis económica, fanfarrones inseguros, necesitados de mostrarle al mundo su capacidad financiera, traumatizados, dementes, capaces de vender a su madre a la DEA con tal de conseguir una rebaja de penas antes de subir, encadenados de pies y manos, a un avión de bandera estadounidense con sus turbinas encendidas apostado en la pista de Catam del aeropuerto El Dorado en Bogotá. A esos hombres y no a otros como Albeiro, se referían Yesica y sus amigas en sus relatos. Por eso Catalina, aunque seguía discutiendo con su novio por haberle recordado que sus tetas eran pequeñas, estaba de cuerpo presente con él, pero de pensamiento con sus cuatro amigas de infancia cuyas carcajadas atravesaban la calle hasta incrustarse con provocación en sus oídos.
De las cinco amigas, Catalina, con catorce años, era la menor. Vanessa con quince tenía la misma edad de Yesica mientras que Ximena y Paola, cada una con 16 docenas de meses, emergían como las mayores. Vanessa perdió la virginidad a manos de su padrastro a la edad de diez años.
La mamá no quiso prestarle atención a sus quejas y la castigó por inventar que el cerdo de patillas largas y bigote abundante la acariciaba en las mañanas cuando ella salía a trabajar.
Yesica tuvo su primera relación sexual con un primo de Manizales que fue a pasar vacaciones en su casa y a quien su madre menospreció, por su corta edad, acostándolo con ella. Ignoró la señora que su hija ya sentía hervir constantemente la sangre en los vasos sanguíneos de su vagina, y que el miembro sin estrenar de su sobrino ya experimentaba erecciones automáticas todas las mañanas, sin excepción.
A Ximena la violaron los miembros de una pandilla del barrio El Dorado una noche cuando su irresponsable abuela, que la estaba cuidando desde los dos años cuando su mamá la abandonó, la mandó a comprar cigarrillos a una tienda a la que se llegaba atravesando una oscura cancha de futbol, sin grama y embarrada en épocas de lluvia.
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Sin senos no hay paraíso
Teen FictionA sus trece años, Catalina empezó a asociar la prosperidad de las niñas de su barrio con el tamaño de sus tetas. De modo pequeñas, como ella,quienes las tenían tenia que resignarse a vivir en medio de las necesidades y a estudiar o trabajar meseras...
