Capítulo 32

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Llega un momento, en medio de las lágrimas, donde te das cuenta de él nunca estuvo realmente preparado para alguien como tú

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Llega un momento, en medio de las lágrimas, donde te das cuenta de él nunca estuvo realmente preparado para alguien como tú. Supongo que este es el golpe más grande de todos. A este punto del dolor es donde analizas todas las variantes e intentas cambiar una para saber ¿qué carajos hiciste mal? o, incluso, para imaginar un final distinto. No, no es que yo haya hecho las cosas mal, la verdad es que yo había jugado mis mejores cartas y me había entregado por completo a un idiota que, una vez más, no me supo valorar. No, no es que él me haya dejado de importar, es solo que, parte de la vida te enseña que a veces simplemente lo mejor es dejar de molestar a alguien que se quiere ir.

Aquí estaba aceptando que a veces lo que quiero no es parte de los planes que el destino tenía para mí. Tal vez había un libro que no había leído o una melodía que no me había hipnotizado. Sea lo que sea, yo lo estaba aceptando, pero como duele esa aceptación. Ya de nada sirve pensar las mil y una oportunidades que tuve para hacerlo sufrir. De nada sirve pensar en los hubiera. Es que ya nada importaba. Él simplemente quiso irse y su excusa fue más que suficiente. Y, aunque intento hacerme la fuerte, de repente, una vez más, el mundo se me cayó encima y yo una vez más dije que estaba bien.

Las lágrimas habían dejado de salir y limpié la última con la palma de mi mano. A pesar de todo esto, mi mente seguía en shock. Lo más triste es que por más que intentara cerrar los ojos e imaginar que nada de esto había pasado, no podía, porque en realidad sí había pasado y en realidad si estaba doliendo. Yo no era lo que Ian quería o, al menos, eso me estaba demostrando. Se liberó de mí. De mi mal genio cuando tengo hambre o sueño, se liberó de mis costumbres y mis gustos, de las noches donde solo se me ocurría hablar y hablar. Se liberó de esa pequeña de uno punto sesenta y cinco que no podía dormir si no era con el olor de su perfume cerca. Si, lo había hecho y yo debía estar bien.

La puerta de mi habitación se abrió suavemente dejando que la luz del pasillo iluminara mi cuerpo sin movimientos pegado a la pared desde hace casi una hora. Rosalina guardó la llave extra que tenía en casos de emergencia dentro de su bolsillo y caminó hacia mí. Sus pasos eran lentos mientras miraba todo el desorden que yo misma había provocado y a Dante, a un lado de mí, moviendo su colita. Maldito perro, hasta él me recuerdo al diablo.

— Katherine — se arrodilló frente a mí colocando sus manos en mis rodillas —, ¿qué sucede?

Contar las cosas en voz alta solo era como auto decirme "te lo dije". Un cordial golpe de mi intuición. Sabía que si lo hacía iba a perder todo lo que había conseguido en esta hora. La calma. No obstante, algo muy dentro de mí me pidió a gritos que intentara a hacerlo y me juré que iba a estar bien.

— Esto es igual que la primera vez — dije con voz quebrada. Se alejó un poco frunciendo el ceño —. Fui igual de estúpida, me dejé engañar y ahora una total idiota. ¿Tengo cara de idiota? — negó — Pues pareciera que sí.

— ¿Qué sucedió? — una vez más las lágrimas estaban cayendo por mis mejillas sin siquiera darme cuenta. Mi amiga, al verme, limpió mi rostro con sus manos — ¿Ian? — asentí.

Juro enamorarte |BORRADOR|Donde viven las historias. Descúbrelo ahora