Una vez me contaron una historia, era una leyenda, un mito, un relato que hace tiempo se esfumó de la memoria. No trataba ni de héroes ni de gloria ni de como los titanes peleaban con euforia, no era un cuento de amor de Afrodita y cupido, solo era un instante entre los tiempos perdido. Narraba la realidad del mundo conocido, tanto en presente como el futuro y los inicios del pasado. La historia me la contó un anciano de tez blanquecina que vestía sin hábito y caminaba ayudado por un bastón que todo el peso de Atlas sostenía. El relato decía así:
Entre los eones del tiempo eterno, lucen los luceros que traen consigo los sueños. Su misión es la de llevar su cargamento cada anochecer a sus legítimos dueños y que ellos puedan soñar entre las telas de sus destellos.
Tan simple y a la vez tan complejo mil maneras de mirar el mismo espejo porque habremos crecido en conocimiento y en ciencia, pero todos soñamos, todos soñaron y soñarán tarde o temprano. Y este es el relato atemporal e inmaterial que el tiempo trató de olvidar mas fue el mismo tiempo quien me la comenzó a contar. Y es que el tiempo a nadie espera, eso es obvio la verdad, pero el tiempo nunca deja que los sueños mueran y por eso hay que soñar.
