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Había pasado una semana desde que iba a ese colegio y las cosas no podían ser peores, lo único que me alienta a seguir yendo a aquel lugar era ese chico que conocí el primer día, ese con el que nunca hablé y al que siempre observo callada, sin que nadie se de cuenta, desde lejos. 

Desde que llegué en mi se fueron ido creando fobias, cosas simples que cada día me aterran mas, la soledad en la que me sentía sumida, creaban fobias tan grandes que no podía disimular. Odiaba estar sola en los recreos, sentía que cada persona, cada ser que pasaba por mi lado, susurraba lo estúpida que me veía, lo ingenua que era al creer que todo podría algún día mejorar. 

Por fin había llegado el fin de semana, estaba en mi casa, ya casi no salía de mi cuarto, y si lo hacía era para encerrarme en mi mente mientras simulaba estar utilizando la computadora. Podía sentir como cada sentimiento de alegría se desvanecía mientras que en mi rostro aún podía apreciarse esa sonrisa, esa cosa tan falsa que cada día se veía mas real, hasta que mi cuerpo ya no soportó mas y ocurrió... La mitad de mi cara estaba inmóvil, no tenía control sobre ella, mi mamá me llevó al medico y él me dijo que fuera a rehabilitación y se me pasaría. Cada día que pasaba verme en un espejo se me hacía peor, me sentía horrible, un monstruo, sola y sin amigos, simplemente era un bicho raro.

Pasó una semana, dos, tres, un mes, hasta que al fin, aquella parálisis se fue, y pude volver a tener control absoluto de mi cara. Al colegio debí volver luego de dos semanas, pero para ser sincera no ocurría nada interesante. Era solo un cuerpo que asistía a una clase, con un montón de hipócritas que decían querer ser mis amigos, copiaba cada palabra de la pizarra, aprobaba exámenes y cada recreo iba al patio, me sentaba en un árbol con Antonella y Lara a observar a ese chico, que me había gustado desde el primer día en que lo vi. Me fascinaba verlo sonreír, ver como era feliz, ver como él tenía amigos, como podía hablar con ellos de cualquier cosa, como confiaba en ellos, me fascinaba ver su pelo, me fascinaba cada pequeño detalle en él. 

Era cada día una pelea interna que sabía que yo jamás podría ganar, cada día me pasaba mas y mas horas dentro de mi cuarto. En mi casa solo eran discusiones cada vez que salía de él, era mi refugio, me sentía protegida, aunque el peor demonio con el que tenía que lidiar era conmigo. Dejé de hacer las cosas que mas me gustaban, como patinar, dejé de bailar porque hacerlo me hacía sentir gorda, sentía que no tenía el cuerpo como para realizar ese tipo de actividad, y comencé a comer, comía para olvidarme de lo que estaba viviendo, como si la comida pudiese llenar ese vacío que sentía dentro de mi y cada día se hacia mas grande.

 Podía notar como todos se alejaban cada vez mas de mi, como yo alejaba a la gente de mi, como trataba a las demás personas. Pero no me importaba, porque había alguien que se quedaba, alguien que no me juzgaba, y a pesar de no saber lo que sentía se quedaba cerca. Podía notar como me perdía cada vez mas, como cada segundo dejaba de ser yo, como me esforzaba inhumanamente por dejar de oír esa voz chillona en mi cabeza que me decía que no valía nada, que no tenía porque existir, que por mi culpa mis padres estaban separados, que cada cosa que sucedía en el mundo, cada desgracia, cada lágrima, cada sufrimiento, que todo era mi culpa.

Todo era igual, cada día mi vida se volvía mas oscura y aburrida pero ya me había acostumbrado, porque al menos ese dolor era constante, so se intensificaba ni disminuía, era terrible, pero constante. Hasta que un día decidí contarles a mis "amigas" quien era ese chico, que con solo una sonrisa lograba que al menos por un segundo me olvidara del dolor que me producía existir. Y ellas se lo dijeron, indirectamente lo hicieron. Eran las únicas personas en las que confiaba, les había contado algo realmente importante para mi, algo que no quería que nadie supiera y ellas se lo dijeron. No le dí importancia, no me alejé de ellas. En el momento la ira me consumió pero después me ablandé y no me alejé, porque para mi esas dos chicas que me habían traicionado de tal forma eran mis amigas, las únicas que tenía en realidad. Cada día hablaba de mis antiguos amigos, de lo geniales que eran, pero sabía que ellos no hablaban de mi, que yo estaba sufriendo por volver a estar con ellos y a ellos no les importaba.

Las cosas se salieron de control, mis sentimientos me consumían, cada noche lloraba en silencio intentando que al menos un poco de ese dolor tan profundo saliera de mi y al menos una pequeña parte de mi estuviese en paz. Cada día que iba al colegio, los compañeros de ese chico al que tanto amaba se burlaban de mi, pero eso no me importaba, me dolía que él lo hiciera, me quemaba por dentro oír esas burlas salir de sus labios, esos labios que yo tanto deseaba, se burlaban de mi y me lastimaban como balas que atravesaban mi alma. 

Por las noches no lograba dormir pensando que no servía para nada, pensando que era horrible, gorda y que daba asco. Me miraba en el espejo y veía algo asqueroso, no era ni siquiera posible mirar eso y no sentir repulsión. Y me daba pánico el saber que eso era lo que veía aquel chico que tanto me gustaba.

Al borde del abismo. Donde viven las historias. Descúbrelo ahora