Capítulo 29

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El resto del día los dejaron en paz, asunto que a Celso le sacó de sus casillas. Esperar a que algo pasase era un suplicio. Tuvo tiempo de imaginar los peores escenarios posibles, pensar en la opción de fugarse, incluso inventar nuevos métodos de tortura para su falso amigo que le había jugado una tan buena.

Repasó las últimas conversaciones que habían tenido ellos dos sin llegar a una conclusión. Quizá fuera expresión de mujeres, pero Vank y él supieron que eran almas inseparables en el bien y el mal desde el primer día en que se conocieron. Cada uno contaba con el apoyo del otro si hacía falta, en cualquier minuto del día o de la noche. Por eso la traición ardía como ácido, goteando sin fin de su garganta inflamada al estómago, creando arroyos en carne viva, comiéndole la esperanza y dejándolo amargamente desilusionado.

No había intentado oponerse en el refugio. Entendió qué era lo que pasaba en el mismo momento en que la puerta reventó. Los agentes de la ciudad no podían encontrarlos en la cabaña; no era su territorio y no estaban equipados para seguirlos. Había sabido que eran los de la DUAL antes de que el primero pusiera un pie en la estancia. Y desde ahí la conclusión fue dolorosamente fácil de sacar, aunque no hubiera visto a Vank. Oponerse era un suicidio y había pensado que si se comportaba como un niño educado, tendría oportunidad de encontrar una salida. Tal vez le vendría alguna idea salvadora, aunque en aquel momento, imposible. Seguía esperando, pero hasta el último minuto no se daría por vencido. Salvar a Ailyne era su prioridad.

—¿No te duelen los pies? —preguntó ella, espiando su vagar e imaginando su discusión interior.

—¿Qué? —Celso pestañeó, sacado del trance.

—Deja de dar vueltas. Dijiste que no podemos hacer nada.

—Así es. —Él la miró, maldiciendo por dentro. Se veía cansada, con el rostro pálido y sombras bajo sus hermosos ojos. Su sufrimiento aumentó y le consumió un trozo más de los órganos vitales. Presionó los dedos sobre los ojos hasta que pensó que le entrarían en las orbitas. Se sentó en la cama a su lado y le acarició el pelo—. Lo siento, Ailyne —susurró.

—¿Vamos a tener «la discusión»? —Ella sonrió retraídamente y le tocó con suavidad el moretón que tenía en la sien derecha.

Celso asintió, esbozando una sonrisa.

—Sí, creo que vamos a tener «la discusión». Te pido perdón, por mi culpa estás aquí.

Ailyne le cerró los labios con el dedo índice.

—Porque me ayudaste estoy con vida. No soy tonta, Celso, puedo ver con mis propios ojos y opinar. Sé que no habrías podido hacer más de lo que hiciste. No eres culpable de nada.

—Consideraba a Vank mi amigo y confié en él.

—Cierto. Y la conclusión evidente es que él es el responsable. No te permito castigarte por sus decisiones.

—No puedo creerlo —le confesó Celso, arrepentido—. No lo esperaba. Me fiaba de él como de mí mismo.

—Lo entiendo. Pero debes dejarlo pasar.

«Ni hablar», pensó Celso, sin considerar necesario compartir sus reflexiones con Ailyne. No lo dejaría pasar. En algún momento la rueda iba a girar y su suerte volvería. Y aunque esos días parecía que tenía los cuatro vientos en contra, por lo pronto tendrían que cambiar de dirección.

No conocía al dual que les llevó la cena y no pudo averiguar nada más.

Se quedó mirando el techo hasta que el cansancio lo venció y cayó en unos sueños no muy agradables.

DUAL [ganadora #Wattys 2017 ]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora