Capítulo 4. Aliviando Corazones

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Una semana después de haber llegado a Corea del Sur, decidí cocinar algo especial y bastante para compartir con mis vecinos. Busqué todos los ingredientes en la tienda de al lado y me regresé al edificio. Saludé al señor Kim y continué

Como era fin de semana no tenía que ir a trabajar, así que este sería el inicio para socializar un poco más y evitar convertirme en una persona automática y rutinaria. Quería recobrar la vida de cada persona del edificio o por lo menos a la mayoría, ya que ninguno parecía detenerse y disfrutar lo que tenían a su alrededor.

El olor a arroz negro al estilo venezolano y cocido a la perfección impregnaba mi apartamento, me hacía recordar mucho mi hogar, mi casa, mi familia, mis hermanos en Cristo, mis pastores, era imposible no sentirse nostálgica en ese momento. Ignorando aquel sentimiento, tomé más de treinta bandejas de aluminio grande donde se podía guardar comida para llevar y empaque el arroz, esperaba brindar una sonrisa en cada uno de los residentes. Tomé la maleta y los guarde con mucho cuidado para salir y empezar a repartir en cada uno de los apartamentos.

Coloqué una servilleta en el suelo, encima el arroz con un papel muy colorido con palabras de fortaleza y bendición. Luego tocaba la puerta y me iba para seguir repartiendo. Podía ver de reojo como las personas abrían la puerta de su apartamento, observaban a todas partes y luego hacia abajo para fruncir más el ceño, luego aligerarlo, unas sonreían, otras suspiraban, algunas apretaban esa palabra contra su pecho, otras solo respiraban en forma de alivio, pero todas las recibían para tomar el arroz y adentrarse a su apartamento. En el momento que se terminaba, regresaba a casa y servía más bandejas para continuar.

Podía decirse que la palabra había hecho efecto y que si valió la pena, me sentía alegre al saber que todos recibían aquella palabra de buena manera. Llegué a la planta baja y me encontré con el lugar vacío, el señor Kim estaba limpiando un gran pozo de Soju que alguien había regado cerca del ascensor, al parecer habían ido de fiesta toda la noche y se embriagaron trayéndose la botella de Soju y arrojándola en el suelo. Sabía que era ese licor, ya que varios trozos de la botella ya estaban amontonados en un lugar y la etiqueta sobresalía. Quería ayudarlo pero debía terminar con esto, además parecía un poco molesto.

Decidí aprovechar que él estaba ocupado para caminar al armario del conserje y dejárselo en el estante del frente en un lugar muy visible. Luego me dirigí al escritorio del encargado del edificio, vi que había un vaso de café sin terminar en él y aún estaba caliente a pesar de que no había nadie, así que aproveché y le coloqué el arroz a un lado del café.

Sonreí alegremente, me sentía orgullosa de mi misma, así que regresé a mi apartamento. Tal vez ninguno sabría quien fue la persona que les dejó esa bendición pero estaba feliz de que todas recibieron esa palabra. Me senté en el comedor para disfrutar la última bandeja de arroz negro que había quedado, coloqué a Cheka Montilla en mi celular para ambientar mi apartamento con algo de música, me sentía en paz. Una vez terminada de comer me dirigí a la cocina para lavar todo lo que había usado.

La música era algo que me encantaba, si era por mí podía escucharla día y noche sin parar. Organicé un poco lo que estaba mal puesto, limpié el apartamento mientras continuaba escuchando a Cheka Montilla en mi celular.

-...Te puedo sentir

Guardándome

Te puedo sentir

Guiándome ieee...- cantaba con gran libertad mientras cambiaba la música de mi celular al iPhone y luego al equipo de sonido para colocarlo un poco alto pero tampoco en exceso.

Tocaron mi puerta y me extrañé rápidamente ¿quién podría ser? Era la pregunta que se me instaló en mi mente en ese instante, así que me dirigí a ella y observé a una mujer como de unos cuarenta años, parecía muy curiosa al verme.

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