Lapsus de defunciones internas

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Les encantaba endulzar los pasos muertos,
los labios sangrientos, las manos agrietadas,
los corazones arrugados como pieles
después de un largo día en el agua.

Y yo les pido que no lo hagan, que el asesinato mutuo no es lindo;
que no lo endulcen, no lo maticen tras una cortina gris.

Díganles: "Fue suicidio".
Déjenlos saber la verdad.
Díganles cómo cargó el arma
y cuánto pesó la verdad en su boca.

Y llámalo por su nombre.
Suicidio no quiso interponerse entre estas lámparas rotas,
estos colchones con las plumas sobrevolándolos,
estos suspiros ásperos que fueron más amargo que un café cargado
y más frecuentes que un latido entrecortado.

Déjale que toque su solo de guitarra
y que cante la última nota bien desafinada;
y que rechine sus dientes
hasta que su sonido se parezca al canto de rieles desenfrenados,
con un poco de sabor a óbito,
y comportamientos nihilistas
que retumban hasta el último sueño;
con un poco de sabor luctuoso,
que hace dudar hasta a sus huesos
y el brillo paulatino de su ser.

Pedacitos de tormentaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora